Home / Apoyo a los Emprendedores / Las Dos decisiones que te convierten en un Emprendedor

Las Dos decisiones que te convierten en un Emprendedor

decisiones-que-te-convierten-en-emprendadorExisten, por supuesto, requisitos técnicos, profesionales y psicológicos necesarios para iniciar un emprendimiento. Ideas de negocio por una parte, aptitudes personales, disposición de ordenar la vida de una manera diferente,  el deseo encendido, la visión, la inclinación competitiva, la destreza estratégica y una poderosa confianza. Todo ello es necesario y bueno. Pero hay sólo dos factores que en definitiva convierten a una persona en un Emprendedor, o dicho de otra manera, le otorgan el título funcional que lo distingue. Esos dos factores no tienen nada que ver con lo anterior,  son dos decisiones que dependen más bien del coraje y la envergadura de carácter que tenga cada quién:

  • La decisión de “lanzarse a la piscina” y,
  • La decisión de “quemar naves” una vez hecho lo anterior.

Por un elemental afán de pulcritud correspondería decir que la primera es la decisión de Hacerlo (ser en definitiva un Emprendedor) y la segunda la decisión de Dedicarse con exclusividad a ello. Pero lamentablemente la pulcritud en este caso no ayuda. No existe una forma técnica sencilla de describir la naturaleza extendida de estas dos decisiones. Los “términos académicos” pueden llegar a describir nominalmente el hecho, pero son incapaces de transmitir la Experiencia adicional inherente a ambas decisiones. Y menos aún la sinergia fundamental que existe entre ambas.

Si la persona no se lanza  a la piscina donde se encuentran las inquietudes y las ideas del emprendimiento, el mismo NUNCA llega a ser una realidad,  y por otra parte, sin la decisión de quedarse allí consecuentemente, enfrentando los contratiempos y los sinsabores hasta llegar a los objetivos, NUNCA se perfecciona. Un Emprendedor es el que funge como tal de manera sostenida en el tiempo. Lo circunstancial no representa para él algo diferente de lo que significa para un empleado, es decir NO lo define. Si el empleado tiene circunstancias favorables o adversas en su labor no por ello deja de ser un empleado. Lo mismo se aplica al Emprendedor.

Es interesante analizar cómo esta decisión de convertirse finalmente en un Emprendedor es completamente distinta cuando  se trata de un empleo. En éste último caso la definición cuesta menos, carece de las inquietudes, temores y vacilaciones que tipifican el primero. El acto de decidir sobre  un empleo es  más racional y  menos emotivo, el paso se da o no se da en función de  consideraciones  bastante más elementales.

Los fundamentos que hacen diferentes ambas decisiones son inminentemente psicológicos. La persona promedio asocia el empleo a niveles mayores de seguridad y el emprendimiento a niveles más altos de inseguridad. En ello no existe ningún fundamento técnico, es sólo una asociación mental. Las estadísticas son claras a este respecto: existe un número infinitamente menor de personas que emprenden que aquellas que se refugian en un empleo. La relación es al menos de 20 a 1.

Esto enfatiza una tendencia que puede considerarse de especie: el hombre privilegia la Seguridad sobre la Libertad, entendidas ambas por supuesto, en el contexto que estamos tratando.

Ahora bien, todo esto no deja de ser una cuestión de percepciones. Nadie puede afirmar con base racional que el Emprendimiento termine proporcionando menos seguridad que el empleo, en realidad ello puede ser hasta filosóficamente inverso, en tanto que la “seguridad” que proporciona la tarea de otros, nunca debiera ser equiparable a la seguridad que uno mismo construye para precautelar sus intereses. El Emprendedor vive para su trabajo en tanto que el empleado es dependiente, enfrenta  la naturaleza a través de un intermediario. Sin embargo las percepciones tienen un poder que no puede discutirse, más allá de su veracidad o no.

La decisión de “lanzarse a la piscina” constituye ése salto desde la hipotética “zona de confort” a la hipotética “zona de riesgo”. Por esto mismo posiblemente no pueda clasificarse solamente como la decisión de hacer algo, puesto que involucra un contexto mayor: deben vencerse temores y romperse paradigmas de conducta, hay que trasladarse de un ambiente a otro, ajeno y completamente diferente.

Físicamente la mayoría de nosotros ha saltado por primera vez a una piscina en algún momento de la vida. Y la experiencia es justamente ésa: un cambio de ambiente natural. En la gran mayoría de los casos la vivencia termina siendo agradable y motivadora, rápidamente se olvidan los momentos de aprehensión y se descubre la gracia. Más allá de que alguien sea un gran nadador o no, la experiencia dentro de una piscina es positiva, controlable y segura.

¡Exactamente lo mismo ocurre con el Emprendedor! aunque ello parezca una atrevida simplificación. Cuando “salta a la piscina” y empieza a desenvolverse en el Emprendimiento se da cuenta que el “tigre no es como se lo pintaba” y que el emprendimiento es una labor profesional como cualquier otra.

Esta primera decisión CALIFICA al Emprendedor. Aquí yace su significado trascendental. El salto a la piscina lo dan muy pocos. La filósofa del Objetivismo, la rusa-americana Ayn Rand afirma que las personas de una sociedad se dividen entre los Creadores y los Parásitos,  aunque por el carácter de éste último término mejor aprovechan las definiciones en idioma inglés: los Makers y los Takers. Los primeros son los que le dan forma y sentido al proceso evolutivo del bienestar humano, aquellos que crean las cosas, las estructuras, los sistemas. Y los segundos son los que se nutren y viven de lo creado.  En el mundo no hay  más de 5 Makers por cada 95 Takers y al dar el “salto” el Emprendedor se incorpora al grupo de los primeros. De allí que la decisión lo CALIFIQUE en su propia esencia.

No es apropiado suponer que el Emprendedor se encuentre detrás de alguna idea de negocios, un deseo ardiente de independización o una visión que nadie más tiene.  Todo eso puede existir y en abundancia, pero el hecho que lo Califica definitivamente es el paso concreto que da entre lo imaginario y lo físico, entre lo que piensa y siente y la Acción, entre el dicho y el Hecho. Detrás de un Emprendedor no hay una Idea o un Proyecto, detrás de un Emprendedor hay una DECISIÓN DE HACERLO.

Luego de dar el “salto” el Emprendedor debe tomar una segunda decisión trascendental: hacer de la victoria la UNICA opción.  Si el Emprendedor no enfoca toda su capacidad, todos sus recursos y su tiempo en hacer del emprendimiento una forma de vida, el proceso corre el riesgo de convertirse en una anécdota. Únicamente la persona que “quema naves” tras la decisión de emprender, llegará en algún momento al objetivo. Si el Emprendedor “habilita” consciente o inconscientemente “puertas de salida” para la tarea que inicia, existe la enorme posibilidad que el emprendimiento concluya por ser una buena intención de esas que pavimentan todos los accesos que llevan al fracaso y a la frustración.

El Emprendimiento es una forma de ver y de hacer las cosas en la vida, no es un oficio que depende de los resultados. Las cosas saldrán bien muchas veces y muy mal otras, alguna idea funcionará mejor que otra y existirán periodos de tiempo favorables y desfavorables. En cada una de estas situaciones y etapas,  el Emprendedor debe permanecer firme detrás de sus decisiones. Solo de ésta manera concluirá la tarea.

Es de tanta importancia el cambio de ambiente que se produce al tomar la decisión de “lanzarse a la piscina” que si esto no viene acompañado por una decisión de la misma firmeza para no retroceder y no desmayar en los intentos, fracasa. El mero hecho de asumir que se “queman las naves” proporciona Poder, energía, enfoque. Para el Emprendedor no debe existir una “retaguardia”, no hay nada a derecha o izquierda, el premio se encuentra adelante y está sujeto a conquista. El momento que entró en la piscina se cerraron los periódicos para buscar trabajo, las llamadas para la referencia laboral. Lo único que existe es el Emprendimiento y la necesidad de conquistarlo.

La decisión de “quemar naves” no tiene nada que ver con la bondad de las ideas o de los proyectos de trabajo. No son ni ideas ni proyectos los que se ponen a prueba, es el hombre, el Emprendedor. Si una idea no funciona, otra lo hará, si un proyecto termina por ser inapropiado otro saldrá mejor. Edison no fabricó el bombillo de luz en el primer intento, García Marquez quemó cientos de hojas por cada una que le dio forma a sus obras maestras. No importan las ideas ni los proyectos, importa el hombre que les da vida y que permanece consecuente detrás de ellos, en buenos y en malos momentos.

Son más los Emprendedores que retornan a “zonas de seguridad” luego de haber tomado la decisión de “saltar” a la actividad, que aquellos que finalmente nunca  se animan a dar el paso. “Quemar naves”, hacer de la Victoria la Única opción,  es indispensable para coronar la tarea del emprendimiento.

Con referencia a la dificultad obvia de todo esto, Napoleón pensaba de la siguiente manera: “No hay hombre más pusilánime que yo cuando preparo un plan militar; aumento todos los peligros y todos los males posibles según las circunstancias. Me hundo en una agitación penosa. Soy como una joven que da a luz. Sin embargo, esto no me priva de aparecer bastante sereno ante las personas que me rodean. Cuando he tomado mi decisión, todo queda olvidado, menos lo que pueda hacerla triunfar”.

Todas las dudas y las vacilaciones están justificadas antes de dar “el salto”, todas las precauciones obran a bien, pero luego que esto se ha hecho todo debe quedar en el olvido, menos aquello que sea necesario para triunfar.

Deja una Respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *