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El Cambio de uno mismo es la fórmula más poderosa para alcanzar la prosperidad

el hombre que ha tenido la capacidad de transformarseEl cambio que uno haga de sí mismo es una llave poderosa de transformación general. Con él se inicia el camino que conduce a todos los objetivos que se mantienen elusivos, la reparación de relaciones afectadas, la superación de frustraciones, amarguras, y en algún punto del trayecto, el alcance de la propia felicidad. Si en este mundo de estrecheces y dificultades puede existir una fórmula mágica que cambie el sino del destino, esa es sin duda alguna, el Cambio que uno pueda hacer de sí mismo.

¿Por qué cambiar?

Todas las personas necesitan cambiar algo en su vida. Esto es inobjetable. No existe en la tierra un solo ser humano que pueda sentirse honestamente perfecto y exento de la necesidad de modificar algún aspecto de su realidad.

El cambio obedece a una lógica poderosa, una que bien dejó planteada Albert Einstein al afirmar: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Si en algo se considera que los resultados que se obtienen de las acciones emprendidas no son satisfactorios, nada será distinto si no se produce un cambio.

La lógica y el concepto del cambio debería ser un imperativo de conducta arraigado en la psique de las personas desde la infancia, tendría que entenderse desde siempre que sin la capacidad de cambiar el hombre se encuentra inhabilitado para interactuar provechosamente con la vida. Las personas  debieran ser conscientes, desde su más tierna edad, que la posibilidad de cambiar su entorno y el mundo en el que viven es una función directa del cambio personal, interno y profundo. Esta capacidad en la conducta es incluso más importante que aquella de leer o escribir, porque determina la esencial calidad de vida que puede alcanzarse a lo largo de la vida.

Sin embargo el resultado de millones de personas frustradas e insatisfechas; colectividades y naciones enteras que sufren carencias demuestra tristemente que la capacidad del hombre para cambiar es probablemente la más grande de sus debilidades. La mayoría de las personas siempre esperan  que las cosas cambien primero a su alrededor y poco valor otorgan al hecho que el cambio se inicie con ellas mismas. Esto parece parte de su naturaleza. Habitualmente colocan la necesidad de la transformación propia al final, después de todo lo que “debe cambiar primero”. Luego  elevan sus manos y la queja al cielo porque las cosas siguen igual, o peor. De esto hacen responsables a todos los demás porque esencialmente  “no tienen la capacidad de cambiar aquello que deben cambiar”; o responsabilizan al entorno social agregado, a la comunidad, a la ciudad, al país, porque efectivamente “tampoco cambian nunca” y siguen “igual o peor”.  En este proceso de “victimización”  llegan a la conclusión  que la gente a su alrededor “no las merece”, lo que de hecho constituye la explicación automática del fracaso personal. Muchos piensan igual,  “millones de rengos culpando al empedrado”, y de esta manera perfeccionando un interminable circuito de mediocridad. El orden efectivo de los factores se invierte con absoluta comodidad. La explicación del fracaso concluye por ser una responsabilidad de los demás; ¡son ellos los que deben cambiar!, ¡son ellos quienes impiden la realización propia!

Otra gran cantidad de gente percibe el cambio personal  como una agresión a la propia identidad, a la personalidad profunda, al sentido de la individualidad. Una agresión que proviene del exterior y que exige una “adaptación” a modelos y patrones: un intento de “masificar y despersonalizar” a los individuos persiguiendo su aprobación colectiva, su aceptación social. Estas personas entienden que los cambios genuinos deben provenir del pensamiento y de la acción de personas diferentes, únicas, indolentes con los modelos y con las formas colectivas de ser. Tras conceptos como estos atrincheran su renuencia al cambio y piden que el mundo los respete y los acepte “tal como son”, y así también “los quiera” en prueba clara de amor, dado que para esta gente el amor radica en aceptar a las personas así: como vienen.

Muchas veces, estas personas no esperan ningún cambio en particular, ni propio ni ajeno, tienen conceptos y argumentos muy inflexibles con respecto a la realidad, pero son enormemente tolerantes con los demás. Una tolerancia de quien se siente superior pero entiende que debe “convivir” con los demás.

El drama principal de este grupo de gente y de sus motivos para rehuir el cambio propio radica en que se inhabilitan a sí mismos  para cualquier proceso de evolución personal.  Estos son individuos que se perciben como un “producto terminado”, sin la necesidad de mejorar o de superarse a sí mismos. Ellos son como hitos del tiempo que pasa a su alrededor y que los envuelve, los supera y luego los ignora.

En realidad,  la grandeza del hombre proviene de su humildad y no de su soberbia, más sabio es quien reconoce que sabe menos y más virtuoso quien admite sus imperfecciones al mismo tiempo que su disposición para superarlas. De este proceso duro emerge el hombre grande y no necesariamente de un conjunto de convicciones personalísimas que indican, más allá de un parámetro mensurable, que un determinado individuo es “grande” y no necesita cambiar nada.

La verdad más simple y profunda que existe a efectos de la conducta del hombre es que el mundo solo cambia cuando uno mismo cambia. La energía transformadora emerge de “adentro hacia afuera”.  Un hombre que ha tenido la capacidad de transformarse a sí mismo tiene el poder de cambiar su entorno y de alterar el mundo en el que vive, porque sólo así se edifica, y no constituye  un producto de las circunstancias o una entidad frágil manipulada por el destino. Una persona no es dueña de nada si primero no es capaz de gobernar su propia vida y sus propios intereses.

El hombre grande emprende un viaje sin final  hacia la perfección y la excelencia. En ese proceso convive íntimamente con el cambio, con la transformación personal continua, con sus exigencias, con su dolor y con la propia soledad, porque SOLO se encuentra quién está tratando de cambiar continuamente su vida mientras todo sigue igual alrededor.  Estos hombres, que se encuentran luchando siempre contra sus debilidades, limitaciones y defectos, son las personas que cambian el mundo.

La grandeza del hombre se mide por su efectiva capacidad de saberse carente. El hombre grande es primero consciente de su incapacidad, no de su capacidad; consciente de lo que ignora y no de lo que conoce; consciente de lo que le falta y no de lo que posee. Y es por sobre todo humilde con respecto al tamaño que tiene y la relación de éste con  los portentosos misterios de la vida.

La incapacidad de entender el sentido lógico de la transformación personal para cambiar el rumbo y la calidad de vida, se explica en buena parte porque la mayoría de los hombres se encuentran en el polo opuesto de lo descrito arriba, es decir son hombres que se consideran grandes sin serlo,  viven en función de sus capacidades y poco se orientan a sus limitaciones, actúan en función de lo que saben e “ignoran su propia ignorancia”, viven en términos de lo que son y no de lo que debieran ser.

Este es un definitivo problema de EGOS, una crisis de EGOS pequeños. Este es el enemigo fundamental del hombre y de su potencial para la verdadera grandeza. Por eso la lucha es esencialmente interna y el cambio que tiene valor se produce de “adentro hacia afuera”.

Ahora bien, el hombre mismo puede considerarse con justicia una víctima del proceso pernicioso de “construcción de egos” que existe en el medio social, porque esto lo alcanza y lo afecta incluso antes que tenga un mínimo de consciencia y racionalidad. La educación familiar y la que imparte la sociedad son incapaces de decirle al hombre: “si no tienes capacidad de cambiar y ser flexible entonces no tienes las mismas probabilidades de triunfar”. Parten del supuesto de la solvencia natural del hombre para ser y hacer bien en tanto se le instruya en esto. El esfuerzo educativo se orienta peligrosamente al maniqueísmo en el entendimiento del bien y el mal y olvida la existencia de esa extensa zona gris de relativismos, condicionamientos y dependencias en la que se desenvuelve la mayor parte de la actividad humana, porque la verdad absoluta, en última instancia, no es propiedad de nadie y la virtud definitiva le está privada al hombre y su estado “esencialmente imperfecto”.

Esta construcción de EGOS desde la familia y la sociedad se produce como una confusión básica del deseo de formar hombres seguros, firmes y de convicción.  ¡Todos los hijos e hijas son “únicos, grandes y hasta cierto punto irreprochables”!, éste es el mensaje implícito en la formación básica y desde allí emerge la simiente de un ego potencialmente inflexible.  Queda olvidado el imperativo de formar personas dispuestas y preparadas para cambiar lo que fuese necesario de  sí mismos.

Entre mayor el ego, menor la posibilidad de entender la necesidad de la transformación personal para alterar las cosas. El ego sobredimensionado es soberbio y atrevido; está dispuesto a pagar altos precios por prevalecer y tan sólo cambia, a veces, por la magnitud de la adversidad que le cae encima. Quien ayuda a construir un gran ego colabora en la fabricación de un arma que al final se autodestruye. Las personas que tienen egos sobredimensionados son individuos muy poco inclinados a la posibilidad de cambiar. El mismo Einstein decía: “recortas y moldeas tu pelo, pero casi siempre olvidas cortar y moldear tu ego”.

En otros casos, la edificación del ego poco inclinado al cambio, no es solo producto de la propia educación, también  lo es de las condiciones en las que se desarrolla la formación de las personas. Si estas condiciones son esencialmente difíciles crean una dimensión mental y emocional altamente inclinada a la autoprotección y el aislamiento. Allí se forman los complejos,  que constituyen muros difíciles de franquear. En estos casos  no es fácil esperar que se entiendan las virtudes del cambio.

Por otra parte, si bien la existencia de un ego sobredimensionado provoca que el individuo no reconozca fácilmente la necesidad de cambiar y, por el contrario, espere frecuentemente que todo lo demás cambie, no constituye el único motivo por el cual el hombre menosprecia el valor de la transformación personal.  Aparte del fenómeno del Ego, existen al menos dos grandes motivos por los cuales el cambio no ocurre:

1.- Existe un grupo muy numeroso de personas que reconoce la necesidad de cambiar cosas en su vida, se entiende carente y perfectible, no interpone un ego que se auto justifica pero esencialmente tampoco encara el proceso de transformación. Este es el grupo de personas que se “acomoda” fácilmente a la situación y a las circunstancias. No les va nada bien en muchos aspectos de la vida pero terminan por aceptarlo y “sobrellevarlo”, invirtiendo además, notables esfuerzos y recursos para que las cosas no empeoren o se salgan de ciertos “límites aceptables”.

Estas personas son las que le dan nombre y sentido profundo a la mediocridad, porque si ésta termina siendo el resultado agregado de actos y hechos que no tienen ningún valor, entonces las personas descritas en este punto deben reclamar paternidad sobre ella. Pocas cosas explican mejor lo que representa ser mediocre que el caso de estas personas que simplemente se “acomodan” a lo que venga. Reconocen que deben hacer algo pero no lo hacen, pero tampoco lo evitan por temor a la tarea, es que simplemente encuentran  más sencillo “adaptarse” que cambiar. Y así viven: sin hacer bien, sin hacer mal, sin hacer nada; no piden, no dan, no son.

Estos hombres  poseen una flexibilidad poderosa, esa que justifica el dicho de que el hombre es “un animal de costumbres”, porque puede adaptarse fabulosamente a casi todo tipo de situaciones que se le presenten. Pero estas personas también se encuentran cerca de justificar  el concepto de los que es un animal, porque sobreviven entre rutinas básicas, viven la estrechez del momento, no entienden lo que significa el futuro y al igual que los animales primarios carecen de sueños y de visiones.

Es mucho menos dañino interactuar con un hombre que no reconoce la necesidad de cambiar porque la estrechez de su ego no lo habilita, que interactuar con estos abanderados de la mediocridad que entienden y reconocen la necesidad de cambiar pero que no lo hacen nunca por simple comodidad. Si la sensatez no prevalece sobre el ego equivocado, en algún momento la vida da mensajes, señales y produce circunstancias que doblegan el ego más irreductible, pero los mediocres nunca son doblegados, los rigores de la vida no los afectan, sólo ponen a prueba su inmensa capacidad de adaptarse a todo; estas personas mueren en su ley: incólumes en su defecto. No son personas que “sientan” o sufran la precariedad de su situación (aunque íntimamente la reconozcan), pero sí son personas que pueden provocar mucho sufrimiento y frustración a su alrededor. El entorno de estas personas debe entender claramente que ellos ¡NO CAMBIARAN NUNCA!;  su capacidad de adaptación supera en mucho cualquier residuo de orgullo o amor propio.

2.- Otro grupo de personas, uno que compite en número con el anterior, no encara el cambio o la transformación personal,  por temor. Estas personas reconocen la necesidad de cambiar, entienden que no les representa provecho alguno continuar por el camino que transitan, ya han puesto un ¡Alto! a la vida que llevan, pero no encaran el proceso de cambio: quieren, pero no pueden, y esto los llena de inseguridad y de miedo.

Y es que el cambio no es sencillo, el proceso es lento y doloroso, la pelea se produce en los lugares  más íntimos del alma; el enemigo principal es uno mismo y no hay nadie más grande y peligroso. Enfrentarse a uno mismo constituye una epopeya de vida.

Mientras más importante es el cambio que se desea alcanzar, más lentamente  se produce, remeciendo a cada paso todas las estructuras del ser. Este transcurrir cansino del tiempo contrasta violentamente con el torbellino interno que el cambio produce, y pone a prueba toda paciencia y fuerza de voluntad. Y si el tiempo termina por paralizar el proceso, da paso a una profunda y oscura frustración, una sensación inconsolable de derrota. Esto también provoca temor y oposición al deseo de emprender la transformación.

El cambio se produce en soledad, y este es otro factor que amilana a cualquiera. Nadie está, ni tiene por qué estarlo, pendiente del cambio que alguien está llevando a cabo en su vida. El proceso es íntimo, personal. El mundo alrededor no detiene ninguno de sus giros, nada cambia “allá afuera”, todo sigue su curso, sin pausa y sin misericordia. El mundo permanece inalterable e impasible, sólido como una montaña que proyecta indiferente sombra y  frialdad entretanto que  se está produciendo el cambio, íntimo y solitario, frágil ante la dimensión de las energías opuestas, apenas sostenido por fuerza de voluntad y amor propio. Este proceso  solitario de transformación puede durar mucho tiempo y ello constituye un reto intimidante.

El cambio se produce contra la tendencia natural que dicta la personalidad formada en el tiempo. La transformación personal “pare” un nuevo individuo, pero en los hechos este convive con el anterior hasta que en algún momento se produce la simbiosis. La tensión intestina durante este proceso de tiempo es muy difícil de administrar.

El cambio también produce dolor en tanto que se está gestando. Es una lucha dura contra conceptos y pensamientos de raíz profunda, hábitos, estilos de pensar y de hacer, actitudes, juicios, etc. El dolor llega a ser físico, porque se rompen moldes de conducta, rutinas de desempeño, costumbres alimenticias, prácticas de descanso y de utilización del tiempo, etc.

En tanto se da el cambio otro dolor particularmente intenso se produce: aquel que infringen las personas cercanas, los seres queridos. De allí provienen algunos de los desafíos más grandes del proceso. Estas personas tienen una importancia vital, son en muchos casos la causa que explica el deseo de cambio, pero dado que no participan en el proceso terminan siendo insensibles a la fragilidad de quien lucha por transformar su vida. Quien se encuentra en el proceso de cambiar conductas, reacciones, hábitos,  enfrenta  estímulos negativos a su alrededor y se violenta; inconscientemente espera el reconocimiento y la tolerancia de quienes están cerca pero halla una respuesta a lo sumo neutra. Esto tiene una explicación simple: el cambio se produce de adentro hacia afuera, por lo tanto NADA ha cambiado alrededor, el proceso se está produciendo internamente y en tanto no dé frutos no tiene la capacidad de alterar su entorno. Este desafío es de los más duros en el proceso de transformación, porque afecta el alma, el rincón frágil en el que anidan los sentimientos. Las personas más queridas, aquellas por las que se decide hacer el cambio pueden ser, a la vez, quienes más dolor provoquen.

Por último, la vida presenta continuas Pruebas a quien está cambiando. Lo hace a cada instante, especialmente en las etapas de mayor fragilidad: una tras otra, con inclemencia. Nunca existe ése “ambiente propicio” para encarar una transformación personal, no hay ése “remanso de paz” que ayude; por el contrario ésas energías insondables del universo se activan ante la sola percepción de que hay un proceso en marcha y lo someten a las pruebas más duras, algunas que incluso no podrían haberse esperado antes de la intención de cambiar.

Todo esto parece confirmar una norma ´”metafísica” respecto a la calidad del “producto” que emerge después del proceso de transformación, porque se espera que éste concluya siendo un estado cualitativamente superior, evolucionado con respecto al de origen. Cuando el proceso concluye y el cambio se ha producido emerge de él un individuo superior, poseedor de una calidad que solo otorga el “fuego” de la prueba más dura.

El grupo de personas que quiere cambiar el curso de sus vidas y entiende que sólo lo conseguirá cambiando personalmente, precisa de un elemento vital para vencer todas las dificultades descritas: Carácter. La dificultad de entender, efectuar y sostener el cambio requiere de éste factor que es probablemente el aspecto vital de diferenciación entre los hombres que triunfan y los que salen derrotados del desafío que plantea la vida. El hombre de carácter, aquél que tiene la suficiente firmeza, energía y genio, entiende la necesidad de cambiar y cambia, venciendo las proporciones enormes de la dificultad, y lo hace, además, antes que la vida le caiga encima. El hombre de carácter termina por concentrarse en sí mismo para alterar las cosas a su alrededor, haciendo a un lado, de este modo, ése conjunto de facilismos que constituye  echar culpas y demandas sobre los demás.  El hombre de carácter entiende que el mundo a su alrededor cambiará por efecto de que él cambie y entonces da ése primer y trascendental paso.

Este primer paso: “yo cambio”, inicia el circuito virtuoso de la transformación. La vida llama a todos para dar este primer paso, para salir de la línea de los mediocres y de los que echan la cuenta de todo a los demás. Pocos son quienes lo dan, solamente hombres y mujeres de carácter, ésa madera que distingue a las personas destinadas a ganar la partida a la adversidad y alcanzar los mejores favores de la vida. Y dado que pocos son los que invierten el esfuerzo y sacrificio, muchos terminan siendo los frutos que recogen, de hecho todos aquellos que la gente cómoda e insensata no obtendrá nunca.

¿Qué debe cambiar?

Las personas deben cambiar esencialmente todo aquello que no les genera provecho en sus vidas,  aquello que provoca problemas de manera frecuente,  que impide alcanzar un mínimo de equilibrio emocional, lo que se interpone con la realización personal presente y futura. El cambio es una respuesta a todo lo que no se encuentra bien y debe ser, por ello, una tarea proporcional a la magnitud de aquello que se quiere reparar.

En tanto que el cambio es un proceso que transcurre de “adentro hacia afuera”, comienza tratando los hechos o situaciones a cambiar de lo más a lo menos importante, o de lo grande a lo pequeño, dado que es razonable suponer que no existen cosas más o menos importantes que otras en la necesidad del cambio.

Lo que debe cambiarse involucra, de una u otra forma, lo siguiente:

  • El concepto propio sobre la vida. Es muy probable que el concepto de la vida, aquel que “siempre” orientó el camino, esté equivocado. Si los resultados que se esperan en la vida no son los que ahora se obtienen y ello ha dado muestras de no modificarse con todos los esfuerzos invertidos, entonces es momento de revisar el propio concepto y eventualmente cambiarlo.

Este es el cambio más difícil, principalmente por su carácter integrador, dado que cualquier concepto sobre la vida involucra una forma de ver y entender todo.

La evaluación de los conceptos que se tienen de la vida lamentablemente emerge como producto de dificultades serias. De hecho la forma de ver y entender la vida es algo en lo que no se repara profundamente sino ante contrariedades grandes, por eso éste cambio es la mayoría de las veces un fruto de pena y sufrimiento. Un dicho popular expresa que “lo único que cambia la vida de la gente es el dolor y las lágrimas”. Así llega la necesidad de este cambio, y su origen de dolor aumenta la dificultad de ponerlo en marcha y llevarlo a buen fin.

Los conceptos que se tienen sobre lo que la vida es, lo que debe y no debe hacerse en ella, emergen de dos vertientes fundamentales: el conocimiento del mundo y las experiencias de vida que se tienen en él. Estos dos elementos conforman la visión sobre la vida.

Si los resultados que se obtienen como producto del desempeño en la vida no son los que se esperan y no conducen a un mínimo de bienestar, entonces  el conocimiento del mundo es insuficiente o lo que se termina haciendo en él está mal y probablemente ambas cosas necesiten cambiar. El cambio del conocimiento que se tenga de la vida es un proceso racional, de ilustración, de aprendizaje; para ello se precisa tener una mente amplia y dispuesta para aprender. Con ello es muchas veces suficiente. En realidad el problema sobre un escaso, insuficiente o errado conocimiento sobre la vida no radica en la incapacidad básica de aprendizaje, radica más bien en la pereza mental que tan bien explica la mediocridad del promedio de los seres humanos;  ¡solo hace falta un sincero deseo por conocer más del mundo y de sus cosas para consolidar, con ello, un concepto de vida más acertado!

Las experiencias de vida, aquellas que son el otro gran ingrediente que define el concepto que se tiene de las cosas, deben constituir un activo influyente en el desenvolvimiento, bien sea porque corresponde evitar errores pasados o porque se trate de replicar los actos que producen buenos resultados. Las experiencias de vida constituyen la guía primordial de los grandes cambios, sus resultados demuestran si se transita, o no, el camino correcto. Estos resultados deben condicionar los cambios, quienes, a su vez, determinarán un cambio en las futuras experiencias.

A medida que el hombre tiene mayor conocimiento del mundo y más extensas y variadas son sus experiencias sobre la vida, más fácil y más eficiente debiera resultar un cambio sobre conceptos que guían su existencia. Esto contrasta muchas veces con la opinión que indica que mientras mayores las personas menos proclives son al cambio. En realidad existe una diferencia más que sutil entre lo que es la capacidad de encarar eficientemente cambios en la propia vida y lo que constituye el temor a lo diferente o a lo desconocido. Muchas veces es esto último lo que determina la aversión al cambio entre personas de mayor edad quienes, por último y por efecto del propio factor etario, se encuentran más cerca de ésas “zonas de confort” que son tremendamente elusivas al cambio. De allí en más el conocimiento sobre la vida y las experiencias que se tienen en ellas debieran ser guía y energía suficiente para cambiar lo que fuese necesario.

  • Las relaciones con otras personas.  El hombre es un animal social más allá que quiera o no serlo y las personas alrededor condicionan la manera en la que transcurre su viaje por la vida. Las relaciones con otras personas producen energía para el camino o la quitan por completo. Si el segundo caso es el que prima, bien vale la pena evaluar un cambio en la naturaleza de estas relaciones.

Esta necesidad de cambiar es un imperativo de beneficio propio y no tiene nada que ver con los intereses de los demás. Acá no importa determinar argumentos y buenas razones, ¡el cambio propio es el que transforma las cosas alrededor!

Un sano egoísmo es absolutamente necesario para enfrentar estas situaciones, porque ellas habitualmente pueden ser difíciles y dolorosas. Las relaciones que no funcionan bien con otras personas alteran notablemente la vida, y muchas veces lo hacen por faltas claramente atribuibles a los demás. En situaciones como estas llegar a entender que uno es quien tiene que cambiar aún cuando en las otras personas sea evidente la falta, resulta muy difícil. Sin embargo, si prevalece el interés propio, el mejor camino para ésas relaciones comienza por un cambio personal con respecto a ellas, sin esperar que el cambio o el correctivo sea aplicado primero por los demás; esto es lo que racionalmente determina un sano y necesario egoísmo.

Ahora bien, el cambio propio no implica validar ninguna conducta o posición ajena, es más bien un intento serio de enmendar y corregir lo que uno no esté haciendo bien de cara a la relación con otras personas. Más allá de las cuentas finales, todas las partes tienen  cuota de responsabilidad en relaciones que no funcionan y el cambio está destinado a honrar esa cuota que le corresponde a uno. De allí para adelante, si la relación finalmente no prospera, este punto terminal  encuentra a la persona sin deuda.  Por otra parte existen elevadas probabilidades que el cambio propio desencadene el proceso de cambios generales que beneficien la relación, ¡hay mucho poder en ello!, un poder similar al que tiene una corriente de agua cuando ya no es contenida por un dique: energía que produce más energía y transformación. Y para ello solo es preciso abrir una pequeña compuerta: el cambio propio, la transformación personal que no espera por nadie y que solo se rinde tributo a sí misma.

Una frase budista expresa que la presencia de toda persona en la vida de uno debe ser entendida como la presencia de un maestro. Toda relación, buena o mala, enseña algo; ahora bien, como todo proceso educativo es en esencia transformador, toda relación debiera servir para cambiar algo que sea preciso en la propia vida. Éste es el premio, y no lo que en última instancia suceda con la propia relación. Una experiencia sirve para ser una mejor persona en la siguiente etapa, hasta que llega el momento en que genuinamente se está preparado para sostener relaciones de mayor calidad.

  • Los hábitos y las costumbres. ¡Malos hábitos y malas costumbres! Estos forman parte de la problemática que se produce en la relación con otras personas y son a la vez insumo y producto de los conceptos que se tienen de la vida. Las costumbres incluso forman parte del carácter de los seres humanos.

Solo con mucha fuerza de voluntad y con método inteligente se pueden cambiar malos hábitos y malas costumbres. Fuerza de voluntad para iniciar el proceso y para no ceder un milímetro del terreno que se vaya conquistando y método inteligente para hacer factible el cambio.

El método más fiable es el de los pasos pequeños y progresivos para alcanzar grandes objetivos, grandes desafíos, grandes obstáculos. En estos casos lo pequeño conquista lo grande en un proceso sin pausa de acumulación de victorias.

Y es que Éxito sobre  hábitos y costumbres se escribe en realidad con “e” minúscula. Y si existe la gran victoria, el triunfo final o el Éxito grandioso, éste no es nada más que una suma delicada de éxitos con “e” minúscula: logros pequeños, concretas victorias.

Ahora bien, ¿por qué la medida de este éxito se inscribe en una escala pequeña? Aquí existe una respuesta sencilla pero trascendental: la victoria o el logro que califica este  éxito, es producto del triunfo del hombre sobre sí mismo y no existe batalla más difícil que aquella que el hombre libra consigo mismo, no existe emprendimiento más importante o esfuerzo que pague más.

Cuando el hombre vence sus limitaciones, sus temores, sus impedimentos, sus frustraciones, cumple en medida exacta con el parámetro más exigente que tiene este éxito. Pero dada la magnitud de adversarios que representan los hábitos y costumbres arraigados en la personalidad y el carácter, las victorias no se miden en grandes campañas, se miden en logros pequeños, sólidos y sucesivos.

El hombre que acumula pequeñas victorias sobre sí mismo en el proceso de cambio, las cuida y las protege, se dirige con firmeza a la Victoria.
Esta lucha dura toda la vida, nadie puede eximirse del proceso. Para el hombre que busca el Éxito la pausa no existe. Es más, la pausa en realidad constituye el combustible del fracaso. Por algún motivo que  está vedado conocer, el Fracaso echa raíces dentro del hombre mismo. El Fracaso no se encuentra entre los factores externos, tampoco es, por supuesto, producto del azar, del destino o de la fatalidad. ¡Bueno fuera que esto sea así!, porque el hombre ha demostrado capacidad admirable para vencer los elementos, para superar catástrofes y modelar su destino sobre la tierra. Sin embargo es una criatura muy pequeña e indefensa cuando debe enfrentarse a sí mismo, muy vulnerable e incapaz.

En gran medida esto es así porque el hombre se coloca en posición desventajosa al observar y medir la dificultad de la tarea de cambio, de transformación. El Hombre se equivoca al comparar la medida del Éxito con el tamaño de la Adversidad, porque así, el Éxito parece lejano e inalcanzable.
El estudiante universitario que no consigue rendir en sus materias como debiera, pocas veces se pone a pensar que el Éxito se encuentra, probablemente, en la capacidad que tenga de levantarse una hora más temprano cada día. El empleado de oficina que no recibe una promoción laboral, probablemente jamás piensa que el Éxito que espera se encuentra tras una disposición diferente para marchar al trabajo todos los días: sin pesar, con ganas de hacerlo una vez más. El Éxito de quien quiere dejar de fumar comienza por dejar de hacerlo mediodía, luego un día y luego dos. Un día ése éxito con “e” minúscula se ha convertido en un Éxito grandioso.

En la turbulencia que califica éste tiempo no son pocos los que dirán que pequeños remedios no sanan grandes males. Pero aquí existe un error estratégico fundamental, porque en tanto el Éxito no se entienda como “un pequeño y trascendental detalle”, quedará fuera del alcance de la capacidad del hombre por alcanzarlo.

El Éxito es, en realidad, un pequeño detalle. ¡Pero a no olvidar que de Detalles están hechas las cosas importantes!

Una vez que se ha conquistado un pequeño éxito es necesario aferrarse firmemente a la victoria y luego proseguir la marcha en pos de uno nuevo. Cuando éste proceso no se detiene el hombre alcanza cumbres mayores.

No existe energía más grande para el alma que la sensación de triunfo y el sabor de la victoria. Nada hay más estimulante que esto. Cuando el hombre conoce la victoria no se detiene en su afán de replicarla. De igual forma, cuando la victoria es elusiva porque enorme es la lucha que el hombre se plantea, dura es la carga para el alma.

A pensar bien y entender la profunda lógica de lo siguiente: ¿acaso existe algún objetivo, por muy concreto que sea, que no esté formado por muchos componentes?; ¿trabajando sobre los componentes no se alcanza también el todo?; ¿entre más grande es el todo no resulta más conveniente atacar los componentes? Pues bien, ¿por qué entonces negar la posibilidad de atacar los problemas en sus pequeños pero vitales componentes? Uno por uno, firmemente. Consolidando un éxito tras el otro.

Y si son muchos problemas, entonces atacarlos también UNO por UNO, derrotándolos subsecuentemente.

Haciéndolo así en algún momento la estructura central del problema cede y el cambio se produce.

Nunca ha sido tan bien expuesta la fabulosa paciencia oriental como en el viejo adagio que afirma que todo viaje de mil leguas comienza con el primer paso. ¿Cómo puede negarse esto?, ¿cómo se lo puede desconocer? Ése primer paso es una primera victoria, es el primer éxito, uno que debe escribirse con “e” minúscula, pero uno sin el cual nada más existe.

La naturaleza humana ha demostrado en incontables ocasiones la grandiosidad de la madera con la que está hecha. No necesariamente se siente débil criatura ante la inmensidad del universo que lo aloja, no son pocas las veces en que lo ha desafiado y le ha doblado el brazo. Realmente el hombre es débil consigo mismo. Subestima el poder destructor que tiene en su interior, se porta soberbio al desconocer que el problema está en él. Por ello el Éxito lo elude.

Es menester probar algo diferente. Iniciar una campaña de pequeños cambios, una  marcha tras los éxitos con “e” minúscula. Por otra parte ¿qué se puede perder?, pues si no se hace algo diferente, sólo se recibe más de lo mismo de siempre.

Recomendaciones para propiciar y sostener el esfuerzo de transformación.

1.- Mantener siempre, claro y firme, el concepto siguiente: “si quiero cambiar el rumbo de mi vida, debo cambiar yo”. Nada cambiará alrededor en tanto no se produzca primero el cambio propio. Si se está consciente y se necesita que el cambio se produzca, éste es el aliciente que debe acompañar todo el proceso, por difícil y largo que éste fuese.

2.- Cada victoria sobre la dificultad en el proceso de cambio está construyendo una nueva y mejor persona. En el esfuerzo de sostener el proceso de transformación cada día se es mejor que el anterior, ¡a no olvidarlo!

3.- No retroceder nunca hacia un punto previamente alcanzado. Este es terreno CONQUISTADO con muchísimo esfuerzo y no se puede ceder.

4.- Recordar siempre que pocos pueden hacer lo que se está haciendo, la mayoría de la gente es incapaz de hacerlo. Al sostener un sólido proceso de transformación personal el hombre se incorpora a un grupo muy selecto de personas que han evolucionado desde sus condiciones naturales de mediocridad y comodidad. A estas pocas personas les está reservado el premio, y este sí cae sin esfuerzo, como la fruta de un árbol maduro que se ha cuidado mucho tiempo con esmero.

5.- Éxito se escribe con “e” minúscula. El cambio grande tiene que ser producto de pequeñas transformaciones, objetivos alcanzables día por día, jornada por jornada. El cambio completo se alcanza subiendo una escalera formada por peldaños pequeños, uno a uno. Aquí no existen atajos y el ascensor no lleva a ninguna parte. Mientras más grande, difícil y desafiante sea el objetivo del cambio, más debe fragmentarse en pequeñas etapas y pequeños desafíos. Si la transformación personal se asociara a la fábula de la tortuga y la liebre, esta última nunca podría salir victoriosa porque las fuerzas no le alcanzarían para toda la jornada. El cambio no es una cuestión de velocidad, es un asunto de método. El cambio no es una carrera de cien metros, es una extenuante maratón.  Las fuerzas deben ser dosificadas.

6.- Ser disciplinado y tener respeto por uno mismo y por su esfuerzo. No dar margen  a la debilidad. Cuando exista alguna circunstancia que propenda a que se “pierda” terreno conquistado acordarse rápidamente de todo el sacrificio y el esfuerzo que se ha necesitado para llegar hasta allí. Solo uno conoce el costo y nadie tiene derecho a quitarle lo suyo. Este mundo ha demostrado muchas veces que nadie tiene pena por uno si básicamente uno no se tiene pena a sí mismo. No hay que olvidar que uno es quien está cambiando, no necesariamente el mundo alrededor.

7.- Ha llegado el momento de aprender a tener Paciencia. Si esta maravillosa virtud ha sido esquiva en la vida, ahora es cuando se la debe reconocer, seguramente no hay mejor momento. ¡Paciencia!, capacidad para asimilar todos los disgustos y los sinsabores que el proceso presenta. El hombre que ha decidido cambiar comienza a tomar consciencia de la “fealdad” que siempre lo ha rodeado y de la naturaleza que tiene la mediocridad, porque repentinamente la conoce “desde la otra orilla”. La mediocridad es omnipresente y sólo se la ve, se la oye y se la siente en toda su dimensión cuando se ha tomado el camino alterno.  El camino de la transformación personal es en realidad un puente que  conduce de la orilla de la mediocridad a la orilla de la excelencia; en medio de este puente se ve y se siente  el turbión que pasa por debajo: oscuro, rugiente, amenazador. Paciencia y paso firme, el viaje es muchas veces largo y difícil, pero concluye con un incomparable premio de grandeza.

8.- ¡Cuidado con las personas más cercanas,  ellas son las que tienen el mayor poder para interrumpir el proceso! No es de extrañarse que la dificultad más seria se presente de esta forma. Las personas que se encuentran más cerca muchas veces forman parte también del “statu quo” que no cambia fácilmente. Estas personas cercanas y queridas serán, seguramente, las primeras beneficiarias del esfuerzo y la victoria propia, pero en el proceso pueden representar el obstáculo principal. En este caso es bueno recurrir a las reservas más preciosas de cariño y amor hacia ellos, porque finalmente por ellos se está desarrollando la tarea.

9.- Y por ultimo lo más lógico y lo más sencillo: el proceso de transformación personal  es un juego  de “ganar-ganar”, porque de hecho algo diferente se alcanzará al hacer las cosas de manera diferente. ¿Qué se pierde?, en realidad poco se arriesga pero es muchísimo lo que se puede ganar.

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