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El Cambio de uno mismo es el vehículo a la prosperidad

El cambio que uno haga de sí mismo es llave poderosa de transformación general. Con él se inicia el camino que conduce a todos los objetivos que se mantienen elusivos: reparación de relaciones afectadas, superación de frustraciones, amarguras, y en algún punto alcance de la propia felicidad. Si en este mundo de estrecheces y dificultades puede existir una fórmula mágica que cambie el sino del destino, ésa es sin duda, el Cambio que uno pueda hacer de sí mismo.

¿Por qué cambiar?

Todos necesitan cambiar algo en su vida. Esto es inobjetable. No existe un solo ser humano que pueda sentirse exento de la necesidad de modificar algún aspecto de su realidad. El cambio obedece a una lógica poderosa, una que bien dejó planteada Albert Einstein al afirmar: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Si en algo se considera que el producto de las acciones emprendidas no es satisfactorio, nada será distinto si no se produce un cambio.

La lógica y el concepto del cambio debiera ser un imperativo de conducta arraigado en la psique desde la infancia, tendría que entenderse desde siempre que sin la capacidad de cambiar el hombre se encuentra inhabilitado para interactuar provechosamente con la vida. Las personas deberían ser conscientes desde tierna edad que la posibilidad de cambiar su entorno y el mundo en el que viven es una función directa del cambio personal: interno y profundo. Esta capacidad en la conducta es incluso más importante que saber leer o escribir, porque determina la calidad de vida que puede alcanzarse a lo largo de la existencia.

Sin embargo el resultado de millones de personas frustradas, colectividades y naciones carentes demuestra tristemente que la capacidad del hombre para cambiar es posiblemente la más grande de sus debilidades. La mayoría de las personas espera  que las cosas cambien primero alrededor y poco valor otorga al hecho que el cambio se inicie con ellas mismas. Esto parece parte de su naturaleza. Se coloca la necesidad de transformación propia al final, después de todo lo que “debe cambiar primero”. Luego se elevan manos y queja al cielo por las cosas que siguen igual, o peor. Se hace responsables a todos los demás porque “no cambian” y se culpa a la comunidad, a la ciudad, al país, porque las cosas “solo empeoran”. En este proceso de “victimización” las personas deducen que la gente a su alrededor “no las merece”, lo que de hecho constituye la explicación automática del fracaso individual. El orden efectivo de los factores se invierte y la explicación del fracaso termina por ser responsabilidad de los demás.

Otros perciben el cambio como una agresión a la identidad, a la personalidad profunda, al sentido de la individualidad. Una agresión que proviene del exterior y exige una “adaptación” a modelos y patrones: un intento de “masificar y despersonalizar” para alcanzar aprobación colectiva, aceptación social. Estas personas entienden que los cambios deben provenir del pensamiento y acción de personas diferentes, únicas, indolentes con los modelos y las formas colectivas de ser. Tras conceptos como estos construyen su renuencia al cambio y piden que el mundo los respete y acepte “como son”, y así también “los aprecie” en prueba de amor, dado que para ellos el amor radica en aceptar a las personas así: como vienen. No esperan ningún cambio en particular, ni propio ni ajeno, tienen argumentos inflexibles con respecto a la realidad pero son tolerantes con los demás. La tolerancia de quien se siente superior pero entiende que debe “convivir” con otros.

El drama de este grupo y sus motivos para rehuir el cambio radica en que se inhabilitan a sí mismos para cualquier proceso de evolución personal. Son individuos que se perciben como un “producto terminado”, sin la necesidad de mejorar o superar nada. Son como hitos del tiempo que pasa a su alrededor y los envuelve, los supera y luego ignora.

En realidad, la grandeza del hombre proviene de su humildad, no de éste tipo de actitudes.

Más sabio es quien reconoce que sabe menos y más virtuoso quien admite imperfecciones al mismo tiempo que disposición de superarlas.

De este proceso duro emerge el hombre grande, no de un conjunto de convicciones personalísimas que indiquen, más allá de parámetros mensurables, que es un producto terminado y no necesita cambiar nada.

La verdad más simple y profunda que existe a efectos de la conducta del hombre es que el mundo solo cambia cuando uno mismo cambia. La energía transformadora emerge de “adentro hacia afuera”.

Quién ha tenido la capacidad de transformarse a sí mismo tiene el poder de cambiar su entorno y alterar el mundo en el que vive, porque sólo así se edifica y deja de ser producto de las circunstancias o entidad frágil manipulada por el destino. Una persona no es dueña de nada si primero no es capaz de gobernar su vida e intereses.

El hombre grande emprende un viaje sin final  hacia la perfección y la excelencia. En ese proceso convive íntimamente con la transformación personal continua, con sus exigencias, con el dolor y la soledad, porque SOLO se encuentra quién trata de cambiar continuamente su vida mientras todo sigue igual alrededor. Estos hombres, que luchan contra sus debilidades, limitaciones y defectos, son quienes cambian el mundo.

La grandeza del hombre se mide por su disposición de reconocerse incompleto. El hombre grande es primero consciente de su incapacidad, no de su capacidad; consciente de lo que ignora y no de lo que conoce; consciente de lo que le falta y no de lo que posee. Y es por sobre todo humilde con respecto al tamaño que tiene y la relación de éste con los portentosos misterios de la vida.

La incapacidad de entender el sentido lógico de la transformación personal para cambiar el rumbo y la calidad de vida, se explica en buena parte porque la mayoría se encuentra en el punto opuesto de lo descrito, es decir son hombres que se consideran grandes sin serlo, viven en función de capacidades y no se orientan hacia sus limitaciones, actúan de acuerdo a lo que saben e “ignoran su ignorancia”, viven en términos de lo que son y no de lo que debieran.

Es un problema de EGO, una crisis de egos pequeños. Este es el enemigo fundamental del hombre y su potencial para la trascendencia. Por eso la lucha es esencialmente interna y el cambio que tiene valor se produce de “adentro hacia afuera”.

Ahora bien, el individuo puede considerarse víctima del proceso pernicioso de “construcción de egos” que existe en el medio social, porque este lo alcanza y afecta incluso antes de tener consciencia y racionalidad. La educación familiar y social es incapaz de decirle que si no tiene capacidad de cambiar y ser flexible reduce sus probabilidades de triunfar. Parte del supuesto de una solvencia natural del hombre para ser y hacer bien en tanto se le instruya en esto. El esfuerzo educativo se orienta al maniqueísmo en el entendimiento del bien y el mal, olvida la existencia de esa extensa zona gris de relativismos, condicionamientos y dependencias en la que se desenvuelve la mayor parte de la actividad humana, porque la verdad absoluta, en última instancia, no es propiedad de nadie y la virtud definitiva le está privada al hombre.

Esta construcción de EGOS desde la familia y la sociedad se produce como una confusión básica del deseo de formar hombres seguros, firmes y de convicción.  ¡Todos los hijos e hijas son “únicos, grandes y hasta cierto punto irreprochables”!, éste es el mensaje implícito en la formación básica, y allí nace la simiente de un ego inflexible. Se olvida el imperativo de formar personas dispuestas y preparadas para cambiar lo que fuese necesario de sí mismos.

Entre mayor el ego, menor la posibilidad de entender la necesidad de la transformación para alterar las cosas. El ego sobredimensionado es soberbio y atrevido; está dispuesto a pagar altos precios por prevalecer y sólo cambia, eventualmente, por la magnitud de la adversidad que le cae encima. Quien ayuda a construir un gran ego colabora en la fabricación de un arma que finalmente se autodestruye. Las personas con egos sobredimensionados son individuos poco inclinados a la posibilidad de cambiar. El mismo Einstein decía: “recortas y moldeas tu pelo, pero casi siempre olvidas cortar y moldear tu ego”.

En otros casos, la existencia del ego poco inclinado al cambio, no es solo producto de educación, también de las experiencias de vida. Si éstas son complejas crean una dimensión emocional inclinada a la autoprotección y el aislamiento. Así se forman los complejos personales, muros difíciles de franquear, situaciones en las que no es fácil esperar que se entiendan las virtudes del cambio.

Por otra parte, si bien la existencia de un ego sobredimensionado provoca que el individuo no reconozca fácilmente la necesidad de cambiar y, por el contrario, espere que todo lo demás lo haga, no constituye el único motivo por el que se  menosprecia el valor de la transformación personal.  Aparte del fenómeno del Ego, existen al menos dos grandes motivos por los cuales el cambio no ocurre:

1.- Existe un grupo muy numeroso de personas que reconoce la necesidad de cambiar cosas en su vida, se entiende carente y perfectible, no interpone un ego que se auto justifica pero tampoco encara el proceso de transformación. Este es el grupo de personas que se “acomoda” a la situación y a las circunstancias. No les va bien en muchos aspectos pero terminan por aceptarlo y “sobrellevarlo”, invirtiendo esfuerzos y recursos para que las cosas no empeoren o se salgan de “límites aceptables”.

Estas personas le dan nombre y sentido a la mediocridad, porque si ésta termina siendo el resultado agregado de actos y hechos que no tienen ningún valor, entonces las personas descritas deben reclamar paternidad sobre ella. Pocas cosas explican mejor lo que representa ser mediocre que el caso de éstos que simplemente se “acomodan” a lo que venga. Reconocen que deben hacer algo y no lo hacen, pero tampoco lo evitan por temor a la tarea, es que simplemente encuentran más sencillo “adaptarse” que cambiar (y la adaptación en este caso no es cambio, ni mucho menos). Y así viven: sin hacer bien, sin hacer mal, sin hacer nada; no piden, no dan, no son.

Estos hombres  poseen una flexibilidad poderosa, ésa que justifica la afirmación que el hombre es “animal de costumbres”. Pero también se encuentran cerca de justificar el concepto de lo que es un animal primario, porque sobreviven entre rutinas básicas, viven la estrechez del momento, no entienden el significado de futuro y carecen de sueños y visiones.

Causa menos daño interactuar con un hombre que no reconoce la necesidad de cambiar porque la estrechez de su ego lo inhabilita, que interactuar con estos abanderados de la mediocridad que reconocen la necesidad de cambiar pero no lo hacen por comodidad. Si la sensatez no prevalece sobre el ego equivocado en algún momento la vida produce circunstancias que doblegan al más irreductible, pero los mediocres nunca son doblegados, los rigores de la vida no los afectan, sólo ponen a prueba su inmensa capacidad de adaptarse a todo; estas personas mueren en su ley: incólumes en su defecto. No son personas que “sientan” o sufran la precariedad de su situación (aunque íntimamente la reconozcan), pero provocan sufrimiento y frustración a su alrededor.

2.- Otro grupo de personas, uno que compite en número con el anterior, no encara el cambio o la transformación personal por temor. Reconocen la necesidad de cambiar, entienden que no les representa provecho continuar por el camino que transitan, ponen un ¡Alto! a la vida que llevan, pero no encaran el proceso de cambio: quieren, pero no pueden, y esto los llena de inseguridad y miedo.

Y es que el cambio no es sencillo, el proceso es lento y doloroso, la pelea se produce en los lugares  más íntimos del alma; el enemigo principal es uno mismo y no hay otro más implacable. Enfrentarse a uno mismo constituye una epopeya de vida.

Mientras más importante el cambio que se desea, más lentamente se produce, remeciendo a cada paso las estructuras del ser. Este transcurrir cansino del tiempo contrasta violentamente con el torbellino interno que el cambio produce, y pone a prueba toda paciencia y fuerza de voluntad. Y si el tiempo termina por paralizar el proceso, da paso a una profunda y oscura frustración, una sensación inconsolable de derrota.

El cambio se produce en soledad, y este es otro factor que amilana a cualquiera. Nadie está (ni tiene por qué estarlo), pendiente del cambio que alguien lleve a cabo en su vida. El proceso es íntimo, personal. El mundo no detiene ninguno de sus giros, nada cambia “allá afuera”, todo sigue su curso, sin pausa y sin misericordia. La realidad permanece inalterable e impasible, sólida como una montaña que proyecta indiferente sombra y frialdad mientras  se está produciendo el cambio, íntimo y solitario, frágil ante la dimensión de las energías opuestas, apenas sostenido por fuerza de voluntad y amor propio. Este proceso solitario puede durar mucho tiempo, y ello intimida.

El cambio se produce contra la tendencia natural que tiene la personalidad formada en el tiempo. La transformación personal “pare” un nuevo individuo, pero en los hechos este convive con el anterior hasta que se produce la simbiosis. La tensión intestina durante el proceso es difícil de administrar.

El cambio también produce dolor en tanto que se está gestando. Es una lucha dura contra conceptos y pensamientos de raíz profunda, hábitos, estilos de pensar y de hacer, actitudes, juicios. El dolor puede ser físico, porque se rompen moldes de conducta, rutinas de desempeño, costumbres alimenticias, prácticas de descanso y utilización del tiempo.

En tanto se da el cambio otro dolor particularmente intenso se produce: aquel que infringen las personas cercanas, los seres queridos. De allí provienen algunos de los desafíos más grandes. Estas personas tienen una importancia vital, son en muchos casos la causa que explica el deseo de cambio, pero dado que no participan en el proceso terminan siendo insensibles a la fragilidad del que lucha por transformar su vida. Quien se encuentra en el proceso de cambiar enfrenta estímulos negativos a su alrededor y se violenta; inconscientemente espera reconocimiento y tolerancia de quienes están cerca pero halla una respuesta neutra (en el mejor de los casos). Esto tiene una explicación: el cambio se produce de adentro hacia afuera, por lo tanto NADA cambia alrededor, el proceso es interno y en tanto no dé frutos no tiene la capacidad de alterar el entorno. Este desafío es de los más duros porque afecta el alma, el rincón frágil en el que anidan los sentimientos.

Por último, la vida presenta continuas Pruebas a quien está cambiando. Lo hace a cada instante, especialmente en las etapas de mayor fragilidad: una tras otra, con inclemencia. Nunca existe ése “ambiente propicio” para encarar una transformación personal, no hay ése “remanso de paz” que ayude; por el contrario las energías insondables del universo se activan ante la sola percepción de que hay un proceso en marcha, y lo someten a las pruebas más duras. Todo esto parece confirmar una norma respecto a la calidad del “producto” que emerge después del proceso de transformación, porque éste concluye siendo un estado cualitativamente superior, evolucionado con respecto al de origen. Cuando el proceso concluye y el cambio se ha producido emerge de él un individuo superior, poseedor de una calidad que solo otorga el “fuego” de las pruebas más duras.

El grupo de personas que quiere cambiar el curso de sus vidas y entiende que sólo lo conseguirá cambiando personalmente, precisa de un elemento vital para vencer: Carácter. La dificultad de entender, efectuar y sostener el cambio requiere de éste factor, que es probablemente el aspecto vital de diferenciación entre los hombres que triunfan y los que salen derrotados. El hombre de carácter, aquél que tiene la suficiente firmeza, energía y genio, entiende la necesidad de cambiar y cambia, venciendo la dificultad antes que la vida le caiga encima. El hombre de carácter termina por concentrarse en sí mismo para alterar las cosas a su alrededor, haciendo a un lado ése conjunto de facilismos que constituye echar culpas y demandas sobre los demás. Da el primer paso.

Este paso: “yo cambio”, inicia el circuito virtuoso de la transformación. La vida llama a todos para darlo, para salir de la línea de los mediocres y quienes echan la cuenta de todo a los demás. Pocos lo dan, solamente hombres y mujeres de carácter, ésa madera que distingue a las personas destinadas a ganarle la partida a la adversidad y alcanzar los favores de la vida. Y como pocos invierten el esfuerzo y sacrificio, muchos terminan siendo los frutos que recogen, de hecho todos aquellos que la gente cómoda e insensata no obtiene nunca.

¿Qué debe cambiar?

Las personas deben cambiar esencialmente todo aquello que no les genera provecho, lo que provoca problemas frecuentes, lo que impide alcanzar un mínimo equilibrio emocional, lo que se interpone con la realización personal, presente y futura. El cambio es una respuesta a todo lo que no se encuentra bien, y debe ser por ello una tarea proporcional a lo que se quiere reparar.

En tanto que el cambio es un proceso que transcurre de “adentro hacia afuera”, comienza tratando los hechos o situaciones de lo grande a lo pequeño.

Lo que debe cambiarse involucra, de una u otra forma, lo siguiente:

  • El concepto propio sobre la vida. Es probable que el concepto de la vida, aquel que “siempre” orientó el camino, esté equivocado. Si los resultados que se esperan no son los que se obtienen y ello ha dado muestras de no modificarse con todos los esfuerzos invertidos, entonces es momento de revisar el propio concepto y eventualmente cambiarlo.

Este es el cambio más difícil, principalmente por su carácter integrador, dado que cualquier concepto sobre la vida involucra una forma de ver y entender todo.

La evaluación de los conceptos que se tienen de la vida lamentablemente emerge como producto de dificultades. De hecho la forma de ver y entender la vida es algo en lo que no se repara sin sufrir contrariedades, por eso éste cambio es muchas veces fruto de pena y sufrimiento. Un dicho expresa que “lo único que cambia la vida de la gente es el dolor y las lágrimas”. Así llega la necesidad de este cambio, y la naturaleza de su origen aumenta la dificultad de ponerlo en marcha y llevarlo a buen fin.

Los conceptos que se tienen sobre lo que la vida es, lo que debe y no debe hacerse en ella, emergen de dos vertientes fundamentales: el conocimiento del mundo y las experiencias vividas. Estos dos elementos conforman la visión sobre la vida.

Si los resultados que se obtienen como producto del desempeño en la vida no son los que se esperan y no conducen a un mínimo de bienestar, entonces el conocimiento del mundo es insuficiente, o lo que se hace en él está mal, y probablemente ambas cosas se necesiten cambiar. El cambio del conocimiento es un proceso racional, de ilustración, de aprendizaje; para ello se precisa una mente amplia y dispuesta. Con ello es muchas veces suficiente, porque el problema sobre un escaso o errado conocimiento de la vida no radica en la incapacidad básica de aprendizaje, más bien en la pereza mental que explica la mediocridad del promedio de los seres humanos;  ¡solo hace falta un sincero deseo por conocer más del mundo y de sus cosas para consolidar, con ello, un concepto de vida más acertado!

Las experiencias de vida, aquellas que son el otro ingrediente que define el concepto de las cosas, deben constituir un activo influyente, bien porque corresponda evitar errores pasados o se trate de replicar buenos resultados. Las experiencias constituyen guía primordial para los grandes cambios, sus resultados demuestran si se transita, o no, el camino correcto.

A medida que el hombre tiene mayor conocimiento del mundo y más extensas y variadas son sus experiencias sobre la vida, más fácil y eficiente debiera resultar un cambio sobre conceptos que guían su existencia. Esto contrasta, muchas veces, con la opinión que indica que mientras mayores las personas menos proclives son al cambio. En realidad existe una diferencia sutil entre lo que es la capacidad de encarar eficientemente cambios y lo que constituye el temor a lo diferente o desconocido. Muchas veces es esto último lo que determina la aversión al cambio entre personas de mayor edad, quienes por efecto del factor etario se encuentran más cerca de “zonas de confort” que son tremendamente elusivas al cambio. De allí en más el conocimiento sobre la vida y las experiencias que se tienen en ella debieran ser guía suficiente para cambiar lo que fuese necesario.

  • Las relaciones con otras personas. El hombre es un animal social y las personas alrededor condicionan la manera en que transcurre su viaje por la vida. Las relaciones con otras personas producen energía para el camino o la quitan por completo. Si el segundo caso es el que prima, bien vale la pena evaluar un cambio en la naturaleza de esas relaciones.

Esta necesidad es un imperativo de beneficio propio y no tiene nada que ver con los intereses de los demás. Acá no importa determinar buenas razones, ¡el cambio propio es el que transforma las cosas alrededor!

Un sano egoísmo es necesario para enfrentar estas situaciones, porque ellas pueden ser difíciles y dolorosas. Las relaciones que no funcionan bien con otras personas alteran la vida, y muchas veces lo hacen por faltas claramente atribuibles a los demás. En situaciones como estas llegar a entender que uno es quien tiene que cambiar aun cuando en las otras personas sea evidente la falta, resulta difícil. Sin embargo, si prevalece el interés propio, el mejor camino para ésas relaciones comienza por un cambio personal con respecto a ellas, sin esperar que el correctivo sea aplicado primero por los demás; esto es lo que racionalmente define un sano y necesario egoísmo.

Ahora bien, el cambio propio no implica validar ninguna conducta o posición ajena, es más bien un intento de enmendar y corregir lo que uno no esté haciendo bien de cara a la relación con otras personas. Más allá de las cuentas finales, todas las partes tienen cuota de responsabilidad en relaciones que no funcionan y el cambio está destinado a honrar esa cuota que le corresponde a uno. De allí para adelante, si la relación no prospera, ése punto terminal encuentra a la persona sin deuda. Por otra parte existen elevadas probabilidades que el cambio propio desencadene el proceso de cambios generales que beneficien la relación, ¡hay mucho poder en ello!, un poder similar al que tiene una corriente de agua cuando ya no es contenida por un dique: energía que produce más energía y transformación. Y para ello solo es preciso abrir una pequeña compuerta: el cambio propio, la transformación personal que no espera por nadie y se rinde tributo a sí misma.

Una frase budista expresa que en toda persona con la que se interactúa se debe ver a un maestro. Toda relación, buena o mala, enseña algo; ahora bien, como todo proceso educativo es en esencia transformador, toda relación debiera servir para cambiar algo que sea preciso. Éste es el premio, y no lo que en última instancia suceda con la relación. Una experiencia sirve para ser mejor persona en la siguiente etapa, hasta que llega el momento en que genuinamente se está preparado para sostener relaciones de mayor calidad.

  • Los hábitos y las costumbres. ¡Malos hábitos y malas costumbres! Estos forman parte de la problemática que se produce en la relación con otras personas y son a la vez insumo y producto de los conceptos que se tienen de la vida.

Solo con mucha fuerza de voluntad y método se pueden cambiar hábitos y costumbres. Fuerza de voluntad para iniciar el proceso sin ceder un palmo del terreno que se vaya conquistando y método inteligente para hacer factible el cambio.

El método más fiable es el de los pasos pequeños y progresivos para alcanzar grandes objetivos. En estos casos lo pequeño conquista lo grande en un proceso sin pausa de acumulación de victorias.

Y es que Éxito sobre hábitos y costumbres se escribe con “e” minúscula. Y si existe la gran victoria, el triunfo final o el Éxito grandioso, éste no es nada más que una suma delicada de éxitos con “e” minúscula: logros pequeños, concretas victorias.

Recomendaciones para propiciar y sostener el esfuerzo de transformación.

1.- Mantener siempre, claro y firme, el concepto siguiente: “si quiero cambiar el rumbo de mi vida, debo cambiar yo”. Nada cambiará alrededor en tanto no se produzca primero el cambio propio. Si se está consciente y se necesita que el cambio se produzca, éste es el aliciente que debe acompañar todo el proceso, por difícil y largo que fuese.

2.- Cada victoria sobre la dificultad en el proceso de cambio construye una nueva y mejor persona. En el esfuerzo de sostener el proceso de transformación cada día se es mejor que el anterior.

3.- No retroceder nunca hacia un punto previamente alcanzado. Este es terreno CONQUISTADO con mucho esfuerzo y no se puede ceder.

4.- Recordar siempre que pocos pueden hacer lo que se está haciendo, la mayoría de la gente es incapaz de hacerlo. Al sostener un proceso de transformación personal el hombre se incorpora a un grupo selecto de personas que han evolucionado desde sus condiciones naturales de mediocridad y comodidad.

5.- Éxito se escribe con “e” minúscula. El cambio grande tiene que ser producto de pequeñas transformaciones, objetivos alcanzables día por día, jornada por jornada. El cambio completo se alcanza subiendo una escalera formada por peldaños pequeños, uno a uno. Aquí no existen atajos, y el ascensor no lleva a ninguna parte. Mientras más grande, difícil y desafiante el objetivo del cambio, más debe fragmentarse en pequeñas etapas y desafíos. Si la transformación personal se asociara a la fábula de la tortuga y la liebre, esta última nunca podría salir victoriosa, porque las fuerzas no le alcanzarían para toda la jornada. El cambio no es una cuestión de velocidad, es un asunto de método. El cambio no es una carrera de velocidad, es una extenuante maratón. Las fuerzas deben dosificarse.

6.- Ser disciplinado y tener respeto por uno mismo y por el esfuerzo. No dar margen  a la debilidad. Cuando exista alguna circunstancia que propenda a que se “pierda” terreno conquistado acordarse de todo el sacrificio y  esfuerzo invertido en llegar hasta allí. El mundo ha demostrado que nadie tiene pena por uno si básicamente uno no se tiene pena a sí mismo. No hay que olvidar que uno es quien está cambiando, no el mundo alrededor.

7.- Ha llegado el momento de aprender a tener Paciencia. Si esta maravillosa virtud ha sido esquiva, ahora es cuando se la debe rescatar, no hay mejor momento. ¡Paciencia!, capacidad para asimilar los disgustos y sinsabores que el proceso presenta. El hombre que ha decidido cambiar comienza a tomar consciencia de la “fealdad” que siempre lo ha rodeado y la naturaleza que tiene la mediocridad, porque repentinamente la reconoce “desde la otra orilla”. La mediocridad sólo se ve y siente cuando se ha salido de ella. El camino de la transformación personal es en realidad un puente que  conduce de la mediocridad a la virtud; en medio del puente se ve y siente un turbión debajo: oscuro, rugiente, amenazador. Paciencia y paso firme, el viaje es muchas veces largo y difícil, pero concluye con un incomparable premio de grandeza.

8.- ¡Cuidado con las personas más cercanas,  ellas son las que tienen mayor poder para interrumpir el proceso! No es extraño que la dificultad más seria se presente de esta forma. Las personas más cercanas muchas veces forman parte también del “statu quo” que no cambia fácilmente. Ellas serán, seguramente, las primeras beneficiarias del esfuerzo y la victoria propia, pero en el proceso pueden representar el obstáculo principal. En este caso es bueno recurrir a las reservas más preciosas de cariño y amor que se tenga por ellas.

9.- Y por último lo más lógico: el proceso de transformación personal  es un juego  de “ganar-ganar”, porque de hecho algo diferente se alcanzará al hacer las cosas de manera diferente. ¿Qué se pierde?, en realidad poco se arriesga pero es muchísimo lo que se puede ganar.

Twitter: @NavaCondarco

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