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Cómo enfrentar los Problemas en Paz

existen determinados momentosTener la capacidad de enfrentar los problemas en Paz no solo determina el resultado final que pueda obtenerse, también define el estado físico y emocional que cada persona tendrá para enfrentar futuras contrariedades.

Es de mucha importancia para la productividad de las personas discriminar con precisión cuando puede afirmarse que se enfrenta o no un Problema, porque en muchas ocasiones es el propio individuo quien innecesariamente incrementa el inventario de sus problemas. No hay que olvidar que tanto la mente como el cuerpo se condicionan de una manera determinada cuando sienten la amenaza de un Problema, habitualmente reaccionan concentrando atención y esfuerzo, hechos que por supuesto privan del mismo tratamiento a otras situaciones que tienen que manejarse en la vida cotidiana. Todo esto define el nivel de productividad para el cumplimiento de las tareas y objetivos. Ante escenarios de problemática mayor, la productividad es más baja que en el caso que se enfrenten problemas menores. Una productividad menor, a la vez, aumenta las probabilidades que se presenten más problemas adelante.

Las personas deben ser muy honestas consigo mismas el momento de aceptar la existencia de un Problema que amerita tratamiento real. Nada provechoso se alcanza con el ejercicio ocioso de multiplicar las probabilidades o potencialidades que puede adquirir la adversidad. La dinámica natural de los problemas es ya compleja y poco piadosa, aumentarla sin la necesaria pertinencia es un error absurdo.

En general, puede entenderse como síntoma de la existencia de un Problema, la perdida de Paz. Cuando la persona siente efectivamente que ha perdido un básico equilibrio en su tranquilidad interior, enfrenta una problemática que amerita atención. La Paz en las personas es indispensable para la productividad y el bienestar. Estar en Paz con uno mismo y con los demás es encontrarse en tranquilidad, calma y sosiego de espíritu, todo ello opuesto a la turbación y a las pasiones. El hombre que se encuentra en un básico equilibrio emocional tiene un genio pacífico, sosegado y apacible. Cuando un factor externo altera este equilibrio debe necesariamente entenderse como un Problema. Y ante ello lo razonable es una pronta reparación.

Las personas se convierten en sus más implacables enemigos cuando de forma injustificada permiten que algo altere este equilibrio interior. Los problemas “imaginarios” o aquellos que no ameritan tribulación, constituyen un atentado contra el interés propio. La Paz interior es una red de contención frágil que tiene como sostén fundamental al propio individuo, nadie en el entorno está particularmente atento a que uno sostenga un estado de Paz interna, ni aún las personas más próximas. NADIE aparte de uno mismo es responsable de proteger su estabilidad emocional, su Paz de espíritu. Ahora bien, cuando uno mismo atenta contra ella es aún más absurdo suponer que la ayuda puede llegar desde fuera.

Los problemas debieran provenir siempre desde el exterior, nunca como consecuencia de interpretaciones propias. El equilibrio emocional interno debe protegerse como pocas cosas en la vida, no debe darse ningún margen a la desestabilización, y los ataques externos deben ser de notable envergadura para que “justifiquen” la alteración de este equilibrio.

La objetividad y la racionalidad deben primar en todo momento cuando se evalúa un Problema, nunca las pasiones. Debe guardarse con mucho la estabilidad emocional, el cuidado debe ser extremo; en el mejor de los casos no debe admitirse NUNCA que algo tenga el suficiente poder para ponerla en riesgo. Una de las pocas cosas que nadie puede quitarle al hombre es la forma en que decida asumir los problemas: si lo hace desde el terreno de la objetividad y la tranquilidad o desde el dominio de la angustia es un asunto absolutamente suyo, completamente personal.

Luego llegan ésas preguntas de respuesta incuestionable: ¿qué beneficio final se alcanza atendiendo un Problema desde el dominio de la intranquilidad o de la angustia?, ¿qué se ahorra o que se evita? Es por supuesto mucho más fácil determinar el efecto contrario, porque la intranquilidad o la angustia sólo otorgan mayor poder al Problema.

Constituye un desafío discernir el motivo que conduce a las personas a enfrentar los problemas alterando premeditadamente el propio equilibrio emocional. Esencialmente es un hecho extraño e incoherente pero, por otra parte, es un acto muy común. Gran parte de las personas altera de manera importante su estabilidad emocional cuando enfrenta problemas. Esta rutina perniciosa se confunde con la “normalidad”, hasta el punto que parece extraordinario observar a una persona “tranquila” cuando enfrenta la adversidad.

El entendimiento básico de algunas cosas puede ayudar a que las personas tomen conciencia de la importancia de proteger la estabilidad emocional de la que emerge la Paz interior:

El elemento motriz de la actividad humana se inscribe en su dimensión no-física, allá donde radican las emociones, los impulsos, la voluntad. La dimensión física, corpórea, sólo obedece comandos. La estabilidad emocional se encuentra en el centro mismo de ésa dimensión no-física, allí se encarga de mantener en equilibrio todos los elementos motrices, los sostiene en un nivel que permite un básico desenvolvimiento productivo y un comportamiento sosegado. Como producto de la armonía en el desenvolvimiento de los elementos adscritos a la estabilidad emocional, ésta misma produce una sensación de Paz que acompaña “físicamente” a las personas.

La estabilidad emocional es un centro de gravedad alrededor del cual “orbitan” todos los elementos motrices del ser humano, en un estado y un orden específico que explica la productividad y la Paz interior. La estabilidad emocional es un “baricentro” que perfecciona el equilibrio, constituye el punto específico que justifica el orden. Merced a una maravillosa inercia este “baricentro” ajusta una variable cuando otra se descompone y trata de mantener el equilibrio general, alcanzando con ello un rendimiento eficiente y productivo de las personas. El ser humano apenas es consciente de la existencia de este precioso “giroscopio” que sostiene su desenvolvimiento, apenas entiende que de él depende el conjunto de su desenvolvimiento personal.

Variables negativas que provienen del exterior y no son manejadas de forma apropiada pueden afectar de manera directa este delicado “baricentro”, y lo pueden hacer en una proporción que impida la natural “compensación” que en él se produce, con consecuencias serias para el desenvolvimiento de las personas. Cuando la estabilidad emocional y “ése” su punto de gravedad se afecta, todo el andamiaje se remece. Si el equilibrio no se recupera con rapidez, la estructura emocional colapsa y la persona cae.

La existencia o la ausencia de “Paz” es una señal que emite la estructura emocional desde el centro mismo de gravedad que la sostiene. La Paz es un producto del estado en el que se encuentra el conjunto de las emociones motrices del ser humano, por eso se convierte en una señal, en una alerta inconfundible sobre el “estado interno”.

Los problemas, genuinos o “imaginarios”, activan esa señal, y ella no debe ignorarse nunca.

Para proteger la estabilidad emocional y su punto precioso de equilibrio general, éstas son algunas recomendaciones útiles:

1.- No ADMITIR nunca, en ningún caso, que el Problema o la adversidad tenga el poder suficiente para alterar seriamente el equilibrio emocional. La palabra precisa, el concepto específico es ése: Admitir. La adversidad puede ser muy grande, sus efectos poderosos, pero en la persona radica la potestad de admitir, o no, la dimensión personal de los efectos que ésta produce. Una cosa es que el Problema efectivamente esté causando daño pero una muy diferente es que uno mismo “admita” el daño, o admita que él pueda afectar el equilibrio emocional.

Lo verdaderamente maravilloso de este hecho es que cada persona tiene derechos exclusivos e inalienables para franquear la entrada hacia lo profundo de sus emociones, nada ni nadie más los tiene. Únicamente la propia persona posee esa llave y el “derecho de admisión”. Si se “sella” este recinto, de allí emanará sin pausa una Paz interior que puede acompañar las circunstancias más complejas.

¿Es esto difícil?, sí. ¿Puede ser algo muy, muy difícil de conseguir?, sí. Pero es algo que depende exclusivamente de cada uno y allí radica su precioso valor.

2.- Debe entenderse con absoluta claridad que la forma más inteligente de enfrentar y actuar sobre los problemas es con racionalidad y no con emotividad; con tranquilidad y no con angustia; con serenidad y no con apremio; positiva y no negativamente.

Y para que esta afirmación trascienda la comodidad de una nota como ésta, basta con hacerse honestamente estas preguntas: ¿Qué tanta ayuda proporciona la angustia y la intranquilidad para la solución de problemas?, ¿cuánto se aceleran las soluciones con la fatiga?, ¿qué persona “preocupada” tiene el record de problemas resueltos?, ¿desde cuándo es la pasión una buena consejera?

La respuesta a la adversidad es un dominio de la razón, no del corazón y menos del estómago. ¡Y por supuesto que puede resolverse cualquier problema con Paz de espíritu!, es un asunto de elección y no de ningún tipo de determinismo.

3.- Para proteger el área íntima de estabilidad emocional sirve mucho “construir” un segundo círculo de resguardo. Este debe ser una “red de protección” que evite que los efectos de la adversidad trasciendan ciertos límites:

  • Existen determinados MOMENTOS para tratar el problema y otros para no tratarlo. Debe existir una división física del tiempo. La solución de problemas es un trabajo que se pone en práctica: amerita esfuerzo, concentración y recursos. Pero de la misma forma que cualquier labor demanda reposo y “desconexión”. En algún momento la atención debe desactivarse.
  • La tensión que provoca el tratamiento del Problema DEBE exteriorizarse, debe fluir hacia afuera y nunca quedarse “encapsulada” en el interior. Cuando la tensión “explota” desde éste segundo círculo de protección, preserva el equilibrio emocional básico y la Paz interior en su esencial dominio. Es un error de proporciones “llevar la procesión por dentro”, nadie ha dicho nunca que el hombre esté hecho de piedra y acero; la frustración debe fluir hacia afuera. La exteriorización del Problema debe efectuarse de una manera personal que en forma alguna constituya agravante, más lo contrario, que sea un perfecto atenuante. Aquí funcionan bien desde la actividad física hasta el diálogo con otras personas, desde la oración hasta la práctica de un pasatiempo, la música, la literatura, etc. Cada quien conoce su propio catalizador.
  • El entendimiento y el tratamiento del problema debe compartirse con otras personas. La ayuda es indispensable y no recurrir a ella demuestra falta de sensatez. Si los problemas corresponden al ámbito profesional o laboral, ellos deben ser enfrentados en equipo; probablemente una cosa específica sea la responsabilidad final sobre el resultado del empeño, pero otra es la tarea compartida. Los grandes líderes comprometen a su gente con la solución de los conflictos, se apoyan en ellos y extraen energía del esfuerzo colectivo; las actitudes quijotescas no son efectivas. Si los problemas son personales debe activarse el círculo íntimo de familiares y amigos que pueda compartir el esfuerzo. Ahora bien, no se trata de compartir la “preocupación” sino de alcanzar puntos de sinergia que simplifiquen y alivien las presiones que impone el contratiempo. Muchas personas consideran equivocadamente que hacen un bien a todos evitándoles la pena de compartir problemas y dificultades; tensan la espalda y cargan con todo el peso sobre el cuello, sin embargo tarde se dan cuenta que no existe peor amigo o familiar que aquel que ha perdido Paz interior y que carece, a veces irremediablemente, de equilibrio emocional o incluso de salud física. En el inevitable mundo de las tribulaciones, la máxima que guía la actitud del grupo inmediato es “hoy por ti, mañana por mí”, ¿en qué otro sentido puede entenderse la amistad o el amor de las personas cercanas?
  • Uno de los mecanismos más importantes de protección ante el surgimiento de la adversidad es considerar SIEMPRE que todo Problema es, en realidad, una Oportunidad, que a todo contratiempo se le puede extraer provecho, que todo conflicto presenta la posibilidad de crecer, de fortalecerse, que no hay maestro más sabio que la dificultad. Entender íntimamente que sin prueba no hay victoria constituye garantía sólida de Paz interior, e incluso de regocijo. Los problemas son también como ésos perros que ladraban ante el paso del Quijote: “ladran los perros Sancho, señal que avanzamos…” La victoria es más sencilla para los Veteranos, aquellos que han probado su valor en cien batallas.
  • En medio del conflicto, en los momentos más duros de la tormenta, cuando menguan las fuerzas y la frustración parece una conclusión racional, bueno es entender que la vida llama a muchos pero recibe a muy pocos entre los que han podido prevalecer sobre la adversidad. Pocas cabezas se coronan, pocos, muy pocos reciben el laurel. Esta no es una justa que premie la competencia, ella de hecho es inevitable;       ésta justa solo admite ganadores, y en definitiva no todos pertenecen a esta categoría, aunque todos estén habilitados para inscribirse en ella.
  • Por último, bueno es dimensionar el Amor que uno siente por sí mismo, el valor que se otorga. En ésa misma proporción habrá de cuidarse la Paz interior, el equilibrio de las emociones. Existen personas bendecidas por el Amor de otros, protegidas por el cariño de los demás, pero nadie tiene la capacidad suficiente, la empatía necesaria para vivir por uno, para sentir por uno. La vida es un desafío estrictamente personal. Si uno no se ama a sí mismo, tampoco puede amar a los demás, si no cuida de sí mismo, no puede tomar cuidado de los demás, si no tiene pena por sí mismo, nadie más le tendrá pena. La existencia debe ser un acto de respeto permanente a uno mismo, aquí radica el valor del que pueda preciarse cualquiera, lo contrario no puede entenderse más que como una muestra de penosa cobardía, de triste incapacidad.

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