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Relaciones Conflictivas: aplique la PAUSA

Las relaciones interpersonales determinan la forma en que el ser humano se inscribe y desarrolla en su medio social; su importancia es fundamental en la calificación del desenvolvimiento de las personas en su tránsito por la vida.

Las habilidades de carácter social no son “adornos” de la personalidad, son un requisito indispensable del comportamiento. El medio social es el entorno primario del ser humano y la capacidad de desempeño “en sociedad” define la calidad de vida de los individuos.

Las relaciones interpersonales pueden clasificarse así: relaciones satisfactorias, intrascendentes o conflictivas. Si bien existe gradación en la escala, el resultado tiene como parámetro de evaluación alguno de estos formatos.

Las relaciones personales satisfactorias se miden en términos de su beneficio; en ellas solo cabe maximizar el carácter positivo de los resultados. Este es un tipo de relación que en el peor de los casos debe conservarse y en el mejor, desarrollarse. La diferencia entre las personas que sostienen relaciones satisfactorias solo radica en la calidad del resultado que emerge de ellas.

Las relaciones personales intrascendentes constituyen motivo de alarma esencialmente porque no son productivas y deben invertirse esfuerzos sustanciales para situarlas entre las que otorgan beneficio.

Las relaciones personales conflictivas son otra cosa, porque de hecho constituyen un problema.

Las personas pueden tener un conjunto importante de relaciones satisfactorias o intrascendentes y considerarse en una situación adecuada, pero incluso un número pequeño de relaciones conflictivas puede desvirtuarlo todo. La razón es simple: el conflicto afecta emocionalmente y desestabiliza, por lo tanto las personas trasladan los efectos a todo su quehacer social.

El ser humano es una entidad,  y aunque tiene capacidad para procesar estímulos diferentes y proporcionar respuestas distintas, es incapaz de construir “compartimentos estancos” que condicionen su conducta de acuerdo al entorno o situación que enfrente. Un hombre que tiene conflictos en determinado ámbito de su vida los traslada a otro en mayor o menor medida. La discriminación perfecta de hechos no existe, de la misma forma que el hombre perfecto tampoco. Ése “hombre de diferentes sombreros”, que actúa con propiedad  dependiendo de la situación o las personas con las que se encuentre forma parte de un ideal. Y en tanto que los parámetros constituyen metas por emular, los resultados prácticos son diferentes: el hombre que enfrenta conflictos traslada sus consecuencias, en menor o mayor grado, a otros ámbitos de su vida.

Las relaciones personales conflictivas afectan las relaciones satisfactorias porque condicionan el estado emocional del hombre que en ambos casos es su protagonista.

¿Cómo se identifica una relación personal conflictiva?

Hay diferencias entre ellas y otras que pueden calificarse como difíciles. Las relaciones conflictivas tienen efectos negativos en las personas, alteran su estabilidad emocional, condicionan sus respuestas y generan estados de ánimo negativos por periodos largos de tiempo.

Por otra parte estas relaciones tienen un ingrediente adicional: personas que actúan premeditadamente para afectar los intereses ajenos. Si habitualmente la vida presenta adversidades, en el caso de estas relaciones ellas se establecen entre individuos específicos. Y si en buena parte de los casos las adversidades que presenta la vida son aleatorias, aquí son planificadas. Los protagonistas de estas relaciones mantienen situaciones hostiles que lesionan abiertamente.

Resulta ocioso suponer que estas relaciones no se presenten en la vida, pero es importante actuar de manera que el grado de conflictividad que provoquen no sea extremo y se genere un rápido ordenamiento para llevarlas a escenarios controlables.

La medida preventiva fundamental es una que cabe practicar el momento preciso en que una interacción personal corre riesgo de convertirse en un problema. La conflictividad en las relaciones tiene una génesis y ésta se remite a un momento específico de la relación. Existe un acto, una palabra, un gesto que condiciona  el grado que el conflicto alcanza luego.

La forma en que se trata ése “punto de quiebre” determina el “grado” de la pendiente que la interacción toma luego: desde un proceso relativamente natural de deterioro hasta un vertiginoso desplome. El carácter de la pendiente se establece el momento mismo del quiebre. Poco puede hacerse después, y ello a costa de mucho esfuerzo.

Es natural que las relaciones interpersonales se deterioren o concluyan, pero es recomendable  evitar el drama, de forma que la propia labor de controlar sus efectos o cambiar su estado sea una labor más sencilla. Todo depende de lo que suceda “ése” momento crucial que enfrenta a las  personas en determinadas coyunturas.

Ahora bien, “ése” momento, ese “punto de quiebre” tiene sus particularidades:

  • Puede presentarse de manera inesperada
  • No está bajo control de nadie
  • Incorpora dosis elevadas de emotividad

Por otra parte, a “ése” momento crucial llegan personas: seres con una intrincada estructura de emociones. Cada hombre tiene la vastedad y complejidad de todo el universo y acá son “universos” los que colisionan en un momento dado.

Y en tanto que las circunstancias difíciles o conflictivas constituyen el material explosivo, el ego de las personas es el detonador. El ego es el factor más sensible de la ecuación. Las personas se entienden en términos del “Yo”, y cuando calculan que éste se encuentra amenazado reaccionan en un nivel casi instintivo y difícil de controlar. Cuando se trata de un “ego lastimado” el hombre se desconecta de sus fuentes de raciocinio y actúa por impulso, activando ése sentimiento básico de “autoprotección” que tanto lo acerca a los animales más elementales. El ego difícilmente otorga algo, habitualmente quiere dominar, y al sentirse amenazado reacciona sin cálculo de proporciones.

El ego puede convertirse en enemigo duro e insensible de uno mismo, causa habitual de una cantidad importante de dificultades y problemas, principalmente relacionados al desenvolvimiento social. Los hombres Grandes triunfan primero sobre su “Yo” y tienen un ego pequeño, humilde y propenso a entenderse con los demás. Sin embargo el hombre promedio se sujeta a un ego grande como lo hace el náufrago a la tabla de salvación. El hombre Grande tiene un ego firme pero es flexible, sabe quién ES más allá de sus circunstancias. Ante la adversidad su ego es dúctil para soportar el golpe y retomar progresivamente su estado original, sin haber quebrado nada propio o ajeno.

La vida no es una justa de “egos”, es un torneo en el que se miden las competencias de las personas. Los frutos de cada quien determinan su posición. La interacción entre egos no debe considerarse una batalla, es sólo parte de una inexorable dinámica que presenta la vida social. La persona segura de sí misma no considera nunca que su ego se encuentre amenazado como producto de relaciones interpersonales difíciles. El “Yo” es algo interno y se encuentra perfectamente aislado de cualquier elemento externo, nada puede alcanzarlo “desde afuera” en tanto que la propia persona no franquee la entrada. Ante situaciones difíciles los hombres Grandes mantienen un “Yo” intacto. La historia presenta admirables ejemplos de personas “intactas” incluso ante la tortura y en el umbral mismo de la muerte.

¿Por qué las personas son tan sensibles en términos de su ego? ¿Dónde se encuentra su grandeza?

Al “punto de quiebre” en las relaciones interpersonales se llega por efecto de egos que se sienten lastimados.

Las respuestas apropiadas deben establecerse ése preciso momento, en la génesis de la relación afectada, en el instante que surge el punto de inflexión. La respuesta apropiada protege el ego y evita una caída en el conflicto. Ésa reacción posibilita también que luego la razón sea quien tome gobierno de las cosas y desde allí transforme una relación conflictiva. Y lo más importante: el ejercicio de este tipo de reacción construye un ego flexible.

La respuesta en el momento más crítico del conflicto con otra persona consiste en establecer una profunda y prolongada PAUSA. Una PAUSA determinante, un silencio total, un completo “no hacer nada”. Un NO REACCIONAR de ninguna manera (ni bien ni mal), solo detener todo. Este momento es vital, de la misma forma que lo es una bocanada de aire fresco para quién se encuentra en medio de humo denso. Una PAUSA Mental, una PAUSA Física, un momento de “suspensión” y absoluta levedad.

Este momento condiciona  el carácter que toma la interacción hacia adelante. Éste momento es el que “marca y sella” al conflicto. La PAUSA le quita combustible al fuego, reduce el ímpetu de las energías adversas, y sobre todo brinda una oportunidad a la razón. Y esto es todo lo que el hombre inteligente precisa: la posibilidad de hacer prevalecer básicamente la razón para tratar un conflicto.

Esta PAUSA no es una muestra de debilidad, porque permite activar luego una sólida respuesta, una que emerge del cerebro y no del estómago. Esta PAUSA no otorga, cede o debilita nada, ¡todo lo contrario!, permite fortalecer una respuesta posterior, un futuro argumento. El ego propio, entre que elástico y flexible, soporta el golpe, lo “absorbe”, pero al mismo tiempo toma energía para volver con ventaja al punto de partida, de la misma forma que lo hace el elástico de una onda: contrayéndose para tomar energía y expulsar el proyectil. Nada hay más sólido que un cuerpo flexible.

La naturaleza y la dinámica de los conflictos (con mayor razón entre las personas), es obviamente compleja, pero el ejercicio sencillo de esta recomendación la simplifica enormemente.

En un conflicto con otra persona NO DEBE REACCIONARSE NUNCA sin haberse meditado una respuesta, menos aún si se recibe un ataque. Establecer la PAUSA permite jugar el resto de la partida con el control y dominio de los movimientos.

Esta PAUSA es una representación de Poder idéntico al que se tiene en el control remoto de un televisor: con él se establece el curso de los hechos a discrecionalidad. Esta PAUSA permite adueñarse del devenir y no ser títere de las circunstancias y de los demás.

Ante el enojo ajeno o propio: PAUSA.

Ante la provocación: PAUSA.

Ante la afrenta o el insulto: PAUSA.

Ante la agresión: PAUSA.

La PAUSA es una forma de manejar el Tiempo, y éste debe ser siempre un aliado. Los conflictos son como un rio brioso e intentar cruzarlo en medio de su ímpetu sólo lleva a ser arrastrado por la corriente. Imagínese, por otra parte, que se tiene el poder de detener las aguas y vadearlas con tranquilidad, con  absoluta seguridad: eso se consigue con la PAUSA.

Después de la PAUSA, cuando la razón toma control de las circunstancias, se evalúa la respuesta. Y cualquiera que ésta fuese nace con una ventaja porque parte desde una posición de victoria, dado que ejercitar y sostener la PAUSA ya es un triunfo que pocos conocen.

Twitter: @NavaCondarco

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