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¡Descanse y Avance! Así se resuelven los Problemas

Los Problemas están compuestos por complejos elementos insertos en el espacio y el tiempo; sus relaciones causales son intrincadas y su dinámica alcanza efectos nocivos en el estado emocional de las personas. Y dado que la única forma eficiente de interactuar con ellos radica en abordarlos desde la racionalidad, el estado mental y físico de las personas es muy importante.

El aspecto mental se trata siempre con mayor atención que la dimensión física cuando se hace referencia a Problemas, son extensos los métodos, técnicas y recomendaciones. Se presume que la respuesta a las dificultades es principalmente producto de procesos mentales y por ello se enfatiza aquello que ayude a entenderlos e interpretarlos.

Sin embargo, al no abordarse el factor físico con la misma atención se  ignora que el hombre es una entidad física y mental indivisible. Las dos dimensiones se condicionan mutuamente y no pueden entenderse por separado. La salud mental no solo depende del bienestar físico, es por sobretodo un producto de éste. En realidad la dependencia del estado mental con respecto al estado físico es más determinante que la relación inversa; son menores los casos de quienes alcanzan un nivel de fortaleza mental que condiciona el estado físico que aquellos que tienen su rendimiento mental afectado por condiciones físicas.

Ahora bien, las condiciones físicas no deben ser entendidas solamente desde el ámbito de la enfermedad, de la misma forma que el entendimiento de las condiciones mentales no transita por la existencia de salud mental. Estas aproximaciones no ayudan en el análisis fino. Las condiciones físicas están asociadas al agotamiento y estado del cuerpo en general.

La mente precisa ciertas condiciones para desenvolverse apropiadamente. El medio ambiente en el que se llevan a cabo los procesos mentales es importante para los resultados, mucho más si estos se encuentran vinculados a la solución de un problema y no solo al ejercicio creativo (aunque la propia creatividad esté relacionada con la resolución de problemas). Para entender esto basta imaginarse situaciones como las siguientes: ¿qué nivel de productividad en la evaluación de un problema puede alcanzar quién se encuentra al cuidado de un grupo de niños en un jardín de infantes?, o ¿qué nivel de enfoque alcanza el piloto de un avión (dígase para resolver un problema financiero personal, por ejemplo), mientras comanda su nave con 200 pasajeros? Las condiciones físicas relacionadas con el ambiente privan de enfoque para el abordaje de un problema. Por otra parte, ¿qué tan eficientes pueden ser estas mismas personas inmediatamente después de concluir sus labores? Hay un factor de desgaste que también influye. ¡Lo físico condiciona lo mental!

El esfuerzo mental para abordar los problemas se aplica en dos etapas distintas:

  1. Análisis del Problema.
  2. Identificación de Soluciones.

Los factores que hacen a un problema ameritan tratamiento profundo e individualizado, esto demanda enfoque. La solución por otra parte, emerge de la habilidad de sintetizar y conciliar conexiones entre aspectos que parecen dispares entre sí, y para ello hace falta lucidez e inspiración.

El ambiente en el que la persona se encuentre y el nivel de fatiga que tenga, determinan el enfoque. El grado de distensión y tranquilidad definen la capacidad de conectar todos los elementos y alcanzar respuestas. El enfoque se alcanza trabajando sobre el problema con energía concentrada, la síntesis que lleva a la solución se alcanza, muchas veces, “alejándose” de la problemática.

Para enfocarse, el medio ambiente físico en el que se efectúe el trabajo importa, y mucho, pero es de igual significancia un cuerpo descansado y bien dispuesto. Si esto no existe, el nivel de energía no es apropiado para la tarea. Por eso es recomendable analizar los problemas independientemente de otra actividad y en ambientes que propicien la contemplación. De igual forma es importante elegir “el momento”, uno que no esté influido por demandas diferentes y no produzca disipación. En tanto mayor la dificultad, más necesaria la recomendación.

Cada quien conoce “lugares y momentos” apropiados para enfocarse en el análisis de un problema. Favorece que estos momentos y lugares sean ajenos a la rutina y responsabilidad cotidiana. Existirá quien prefiera un jardín a la luz de las lámparas y otro las graderías de un estadio lleno de gente.

La fatiga no es buena consejera. Mientras más se piense que la interacción con los problemas responde al oficio intenso, mayor es la posibilidad de equívoco e ineficiencia. La fatiga es aliada íntima de la problemática, se nutre de aquella.

Los problemas deben abordarse con el cuerpo descansado.

Por otra parte, la habilidad de sintetizar la conexión entre todas las variables de un problema y su solución, se fortalece cuando la persona no está pendiente del dilema. Las probabilidades de esos momentos de “Eureka” aumentan fuera del análisis de la problemática, cuando la mente no está concentrada en el tema y se encuentra más lúcida. Es conocida la anécdota de Arquímedes que entiende el desplazamiento del volumen de agua mientras se encuentra en una bañera y establece el principio del “empuje hidrostático”, o las siestas vespertinas de Einstein. La presión que imponen las dificultades no es propicia para “combinar” reflexiones en nuevas y diversas formas, lo que de hecho compone la creatividad.

En un cuerpo descansado el cerebro se activa para esclarecerse y se “reinicia” formando nuevas conexiones y asociaciones, alcanzando así el nivel de creatividad que hace falta para encontrar soluciones. Estas “respuestas” llegan de forma repentina y pocas veces se ajustan a las expectativas de la búsqueda. Es más, precisamente la “programación” equivocada de ésa búsqueda es causa que la solución se distancie del problema. Es usual  que una mente saturada termine por encontrar un problema adicional para cada solución, porque precisamente eso efectúa el “análisis”: distingue y separa las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios, sus elementos.

La solución es habitualmente simple, y curiosamente más simple mientras más complejo es el propio problema. Esta sencillez se oscurece por la presión mental del análisis interminable y la falta de sosiego.

Cuando el cuerpo descansa, el cerebro descansa… y hace su trabajo.

Las personas que desempeñan oficios en los que se interactúa de forma permanente con conflictos deben administrar bien las pausas. Para que el enfoque sea efectivo no puede prolongarse por periodos largos de tiempo. La dicotomía de los estados Activo e Inactivo tiene que respetarse. Cuando el cuerpo y el cerebro estén “activos”, todo empeño se justifica (el ambiente en el que se lo haga ayuda mucho, de todas formas); pero cuando se pase al estado “inactivo” debe pararse todo con el mismo empeño. Es habitual que la pausa se produzca en términos físicos pero no siempre involucre la parte mental, por ello los problemas acompañan a las personas donde van y afectan su calidad de vida.

La dificultad de respetar el estado de “inactividad” está explicada por la percepción equivocada de “lo urgente”. Cuando se interpreta un problema como “grave” las personas lo entienden como imperativo y no asimilan que la “inactividad” pueda representar camino efectivo para la solución; por el contrario, se asocia “inactividad” a descuido e irresponsabilidad. Esto es producto del desconocimiento de las mecánicas de trabajo que tiene el cerebro, porque éste precisamente “comienza” su trabajo cuando las personas dan por concluido el suyo.

Si de problemas se trata, la pausa en las tareas habituales debe efectuarse con rigurosidad. Pausa completa: cuerpo y mente. Esta es la señal que el cerebro toma como “inicio de trabajo”.

La explicación de la mayoría de problemas no resueltos se encuentra en la administración de ambientes, cortes y pausas en el abordaje reflexivo. Esta gestión no es sencilla, de la misma forma que no es fácil para un soldado cumplir sus tareas haciendo abstracción del estruendo de los proyectiles. No solo se requiere habilidad, también carácter. En tanto que un problema no está resuelto agobia, confunde, angustia, y en medio de ello programar pausas, cortes, abstracciones y descansos no es fácil. Hace falta temple, confianza en uno mismo y conocimiento de las dinámicas que soportan los conflictos. Mientras que el mundo llama a esto actuar con “cabeza fría”, para el entendido se trata de “resolver problemas como corresponde”.

Winston Churchill, que fue de las personas que más problemas tuvo que enfrentar y resolver, despachaba el trabajo matutino desde su cama y con un buen desayuno. Ése era el entorno físico que lo favorecía y el descanso que privilegiaba. Es posible que la genialidad de Churchill esté en debate pero no su carácter y dominio de los métodos de gobierno. Por otra parte Napoleón, aquel que se reconoce como un genio, tomaba descansos pequeños a la grupa de su caballo y allí emergían sus decisiones. Al primero el método lo ayudó en la consecución última de resultados exitosos y al segundo el genio no le pudo evitar la derrota final.

La resolución de problemas no tiene nada que ver con el genio y todo con el conocimiento, método y disciplina.

Todo esto no es un llamado a laxitud. Esa es una consideración que sale de contexto. Personas laxas no solo están inhabilitadas para enfrentar problemas con efectividad, más bien son en sí mismas un problema.

Estas orientaciones están dirigidas al luchador, al viajero impenitente de los caminos que llevan a la victoria, ése hombre fatigado que se desespera por proseguir en medio de lucha dura contra adversidades. A él se le hace destinatario de la máxima que existe para resolver los problemas más grandes: detenerse, para avanzar.

Twitter: @NavaCondarco

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