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El Empleo y la Felicidad de las Personas

Hace poco leí un artículo sobre las experiencias que están teniendo algunas empresas con la formación de una “Gerencia de la Felicidad” en el marco de sus políticas para la Administración de los Recursos Humanos. El concepto se suma a muchísimas inquietudes que desde hace años se ponen en práctica para mejorar las condiciones del clima laboral y el empleo en las organizaciones.

El propósito que existe detrás de este tipo de inquietudes es obviamente razonable, legítimo y por sobre todo funcional. Las personas constituyen el Recurso fundamental de toda unidad productiva y de su desempeño depende la categoría del propio rendimiento organizacional. Toda inversión y esfuerzo que se haga por mejorar las condiciones y relaciones laborales tiene un efecto positivo en los resultados institucionales, y de hecho concluye por tener también un efecto favorable en las propias personas.

Lo que no puede suceder sin embargo, es que éste tema de importancia capital concluya siempre por ser abordado solo desde su aspecto de “forma” o precisamente desde su dimensión “funcional”. El fenómeno de la “satisfacción laboral” y del “bienestar en el trabajo” tiene una magnitud que no puede ser abordada únicamente desde los “efectos o los síntomas”. Probablemente sea necesario que se sigan sugiriendo “formas” en las que puedan tenerse Recursos Humanos más contentos en sus fuentes laborales, pero desde allí no se puede alcanzar la Felicidad de las personas.

Es prudente enfatizar que las organizaciones NO son responsables de la Felicidad de los individuos que trabajan para ellas, no pueden serlo, por mucho esfuerzo que inviertan en el proceso. Las organizaciones son responsables (por efecto de su propio beneficio), de proporcionar las mejores condiciones posibles para que la gente desarrolle adecuadamente las tareas para las cuales ha sido convocada y por las cuales recibe una compensación. Esta responsabilidad tampoco las obliga, únicamente las orienta. Obligar a las organizaciones a que tengan “felices” a las personas que trabajan para ellas es una labor que no corresponde, y  cuyo cumplimiento nunca podría verificarse desde la exigencia de una norma. Y esto, por supuesto, no quiere decir que alguien tenga la idea de desarrollar normas de ése tipo, pero está muy relacionado con ésa especie de “imperativo moral” que existe de “pensar permanentemente en la satisfacción de los trabajadores”.

Hoy es, con seguridad, “políticamente incorrecto” ponerse al frente de estos apostolados por el bienestar de la gente en el trabajo. Sin embargo, el propio énfasis que se le da al tema denota una debilidad estructural: ¿se lo hace precisamente porque existen demasiadas organizaciones que ignoran o atentan contra el bienestar de la gente en el trabajo?,  ¿o se lo hace solamente porque corresponde con el tratamiento del tema?

Es cierto que a pesar que ya está bien entrado el siglo XXI existen aún organizaciones empresariales que no tratan para nada bien a sus recursos humanos, es cierto también que aún existen relaciones de este tipo que incluso se encuentran cerca de la ilegalidad y lejos de todo marco moral, pero ésta no puede ser la base a partir de la cual se formulen postulados académicos e inquietudes profesionales en la materia. En primer lugar porque desde allí no se resuelven problemas de este tipo y en segundo lugar porque las Personas, a título individual, tienen TODA la posibilidad de solucionar estas  situaciones en cualquier momento.

Lo que olvidamos tristemente, o al menos postergamos en mención y análisis, es que el trabajador (la persona propiamente tal), tiene en sus manos el Poder de terminar con cualquier relación laboral que lo afecte negativamente en cualquier sentido. Existe Poder definitivo (al menos en las sociedades que viven bajo el imperio de la ley), en las palabras YO RENUNCIO.

No existe ningún motivo racional para que alguien que se sienta afectado en su calidad de persona por efecto de su situación laboral, la sostenga. La solución para eso es absolutamente sencilla: YO RENUNCIO. Si la empresa en la que se presta los servicios no representa un básico beneficio personal, la Renuncia es la respuesta que resuelve todo de inmediato.

Podemos vernos tentados de plantear que “sólo en un mundo ideal” todos los trabajadores que permanecen y se desenvuelven en un determinado puesto de trabajo son razonablemente felices porque en caso contrario ya hubieran renunciado a él, pero ¿porque debe entenderse algo tan sencillo como “ideal”? ¿Por qué una persona que no comparte valores u objetivos de vida con su fuente de trabajo debe permanecer en ella insatisfecha, frustrada e infeliz? ¿Qué puede obligarla a ello?

Cuando la respuesta a esto es la NECESIDAD, generalmente entendida en su dimensión económica, el problema inmediatamente se traslada de la organización que no tiene las políticas adecuadas para la administración de sus Recursos Humanos, a la Persona. Es la persona la que encuentra conveniente permanecer en una fuente de trabajo que no cumple con sus expectativas básicas, es la persona quién define esto por cuestiones de necesidad.

Las personas tienen, por supuesto, la necesidad de solventar aspectos económicos de vida, y cuando encuentran que ello no pueden conseguirlo de otra forma, se someten a las condiciones del empleo que no les gusta, que no las realiza y no contribuye, obviamente, a sus fundamentos de felicidad.

En realidad el énfasis del trabajo intelectual y del aporte profesional de quienes estudian la temática de los Recursos Humanos,  debe dirigirse también a éste aspecto estructural del problema, ¿por qué las personas no establecen y desarrollan su propio VALOR y dependen más bien de él para absolver sus necesidades? No es lo mismo depender de un empleador por necesidad que depender de la estricta Capacidad de Producción que tenga uno, más allá de la forma en que ella se realice. La Capacidad de Producción, que es un efecto directo del Valor personal y profesional de las personas, es la que debe condicionar la elección del lugar de trabajo. Y dado que la elección provoca que cada persona controle su destino y no se encuentre al amparo de las buenas intenciones del empleador, la satisfacción queda más asegurada.

Más que buenas políticas de gestión de Recursos Humanos hace falta que la gente entienda que tiene responsabilidad esencial para consigo misma en cultivar su propio Valor y Capacidad de Producción. El Empleo no puede, bajo ninguna circunstancia, determinar el Valor de las personas, eso no sólo es algo tremendamente triste, es incluso algo que denigra la naturaleza humana. Ya tiene buen tamaño la historia de generaciones de personas que transitan esta vida desde la cuna hasta la tumba condicionadas por la posibilidad de tener un empleo y, eventualmente, ser felices en él, o entender finalmente que deben considerarse felices por el solo hecho de tenerlo.

Y creo honestamente que ya es demasiada la gente que desde su importante capacidad intelectual se preocupa de trabajar en la parte “funcional” del asunto, recomendando incansablemente nuevas formas de conseguir que los empleadores consigan que sus trabajadores sean “más felices”. Hace falta que se dedique también esfuerzo a “sacudir” desde sus fundamentos ésa cultura de la “subvaloración”, la apatía y el conformismo de las personas con respecto a sus propias posibilidades y potencial. Bajo ningún libreto de beneficio económico o social estamos obligados a realizar una apología interminable del empleo, mucho menos en desmedro de la representación del Valor incuestionable, las posibilidades de producción y de aporte que tiene todo individuo. Pero mientras vivamos en sociedades que poco aprecian el valor del mejor heladero del barrio en relación con un “doctor” recientemente graduado o el de un carpintero que puede producir mucho más dinero que los cinco abogados que existen en la cuadra, poco se conseguirá para salir de este circuito vicioso.

El “pleno empleo” al que hacen referencia los economistas es un indicador técnico del desenvolvimiento de la Economía, y está más bien asociado a la “ocupación” productiva de los agentes. Y mientras esta “ocupación” se traslade cada vez más del empleo mediocre a la productividad efectiva, más se habrá hecho por el bienestar integral de las personas, mucho más por supuesto que todo intento por descubrir el mejor método para que las empresas generen un buen “clima laboral”. En ése momento les irá también mejor a las propias empresas, porque tendrán efectivamente que esmerarse para conseguir buenos trabajadores, pues aquellos serán quienes impongan las condiciones que vienen siempre asociadas a las cosas que valen.

No faltarán quienes continúen argumentando sobre lo “idealista” que suena todo esto, o el “desconocimiento” de la realidad que implica. No cabe, por supuesto, esperar otra cosa, porque ésa forma de pensar está arraigada en la mayoría de la gente desde hace muchísimas generaciones. En realidad ése es el Sistema que vale la pena cuestionar: el Sistema de Pensamiento que hoy nos orienta  hacia el “clientelismo” y nos convierte en personas eximias para “pedir”, reclamar y esperar perpetuamente que alguien resuelva los problemas que tenemos.

Es más conveniente, sin embargo, para el propio e indispensable ego, situarse entre los pocos que creen que todas las personas tienen capacidad de perfeccionar su propio Valor, de alcanzar las fronteras de su potencial, su independencia y Libertad integral, valores que han permitido que la especie conquiste el mundo y que pueden permitir, por supuesto, que se diga con absoluta tranquilidad y confianza YO RENUNCIO, cuando las condiciones ofertadas no coincidan con el Valor que se tiene.

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