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¿Mentor o Maestro? (La única diferencia que tengo con Kiyosaki)

Cuando terminé de leer el libro “Padre Rico, Padre Pobre” de Robert Kiyosaki pensé (seguramente como muchos otros), que era una pena que no hubiera podido leerlo veinte años antes. Por supuesto que en ése entonces seguramente el libro no estaba escrito.

No he dejado de repetir desde ése momento que en las reflexiones de Kiyosaki encuentro una de las más prácticas y poderosas filosofías de vida que se hayan planteado hasta el momento. Y lo digo, además, plenamente consciente del alcance que los términos tienen, porque finalmente la Filosofía es el estudio de una variedad de problemas fundamentales acerca de cuestiones como la existencia, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje. Y algún impacto significativo en cada una de estas cosas posee el pensamiento de Kiyosaki.

Pienso también que estas reflexiones pueden efectivamente cambiar el mundo desde su base, en tanto que constituyen una convocatoria a la activación firme del Valor individual de las personas, su capacidad de ser y de hacer más allá de las restricciones que plantee el sistema. Ya tiene una historia muy larga e improductiva ésa consciencia clientelista del hombre buscando siempre que alguien resuelva por él los problemas que le conciernen, y ésa lógica reaccionaria y atentatoria contra el propio espíritu humano de asumir que se tiene Valor en tanto se posea un Empleo. Estos preceptos que soportan la estructura frágil e inmoral (hasta cierto punto) de las sociedades de la edad moderna son cuestionadas de manera magistral por argumentos simples y poderosos del pensamiento de Kiyosaki. Seguramente muchos prepararon el terreno de ésta lógica antes que él, pero Kiyosaki tuvo la virtud de hacer llegar el mensaje de forma efectiva a cada rincón del planeta, cumpliendo así otra de las máximas que sostiene: la capacidad de Vender y perfeccionar las transacciones beneficiosas entre los individuos.

No necesita pues Kiyosaki ningún tipo de presentación por mi parte.

En el único aspecto que sostengo una diferencia con sus reflexiones es en la recomendación que plantea para que el “modelo” de referencia de una persona que está desarrollando su potencial individual lo constituya otra persona que evidentemente haya vencido las pruebas y sea así el ejemplo a seguir. El axioma de “recibe consejos de aquel que está en el lugar al que quieres llegar”.

En esta recomendación se oculta con sutileza la diferencia entre lo que es un Mentor y lo que es un Maestro.

Las diferencias entre ambos son pequeñas, pero fundamentales. En términos generales Mentor “es aquella persona que ejerce la función de aconsejar o guiar a otro en algún aspecto, y que se encuentra en condiciones de hacerlo porque la experiencia o bien sus conocimientos al respecto lo avalan y ponen en ése lugar superior y de guía”. El Mentor es un guía o un consejero. Maestro, por otra parte, es aquel que enseña o alecciona.

Los Mentores pueden ser, por supuesto Maestros, pero lo importante acá es que no necesariamente todos los Maestros reunirán las condiciones para ser Mentores, y no por ello tendrán poco que enseñar.

Es importante, efectivamente, que quién quiera desarrollar su potencial y alcanzar el Valor que le permita distinguirse en la Vida adopte mentores como referencia y guía, pero creo que es más importante aún que éste hombre (y en realidad todos) aprenda que la Vida coloca Maestros en cada momento y lugar por el que transita la existencia. Existen enseñanzas de valor en cada persona que encontramos en la Vida, incluso en cada criatura y fenómeno natural. El Maestro está allá donde existe alguien dispuesto y listo para aprender.

Aceptar la necesidad y entender la importancia de contar con un Mentor es mucho más sencillo que reconocer la oportunidad que existe de aprender siempre de todo y de todos. Y los alcances de la enseñanza no son iguales, puesto que quién hace de la Vida y sus criaturas una escuela llena de Maestros llega mucho, mucho más lejos.

El éxito en realidad es un estado de “personalísima” evaluación y consideración, no existen modelos universales, sino aquellos que cada quién en particular considere como referenciales de sus propias expectativas y ambiciones. El éxito es algo tan estrictamente personal que hace imposible que exista un Mentor que pueda tener el alcance de “llevar” a otra persona a ése estado específico, puesto que a lo sumo conseguirá cumplir las expectativas en alguna dimensión mientras las otras quedarán siempre reservadas al individuo. Y cuando una “dimensión” se desarrolla mucho más que otras en el proceso de crecimiento personal, no alcanza para conseguir el beneficio integral.

A veces se aprende más, por ejemplo, de aquello que NO se debe hacer que de lo contrario. El fracaso es, sin duda, un Maestro de mayor envergadura que el triunfo. La frustración establece el temple de la persona, de lo profundo del miedo emergen los valientes, en la carencia se califica la prosperidad y en el infortunio el bienestar. Ningún Mentor puede guiar o aconsejar a nadie para el tránsito por ésas sendas, ello solo se aprende por experiencia o teniendo la sabiduría de comprenderlo en la vida de los demás. Acá es donde el alumno encuentra al Maestro.

Theodore Roosevelt el vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, es dueño del que probablemente sea el pensamiento más poderoso y significativo de todos aquellos que comulgamos con la filosofía de Kiyosaki. La afirmación es grandiosa: “Es mucho mejor atreverse a cosas grandes, cosechar triunfos gloriosos aún marcados por el fracaso, que aliarse con esos pobres espíritus que ni mucho ganan ni mucho sufren porque habitan en la penumbra donde ni la victoria ni la derrota se conocen”.  Esta es una oda al hombre propositivo, a la persona de acción, a quien toma riesgos, a quien quiere hacer y caminar más allá de los límites del sendero que el destino le proporcionó. Este es el hombre Grande, aquel que da el paso en busca de su Valor. Y muchas veces (seguramente las más de las veces), éste hombre fracasa, pierde, no conoce el triunfo en forma definitiva. Probablemente no aplique, en éste sentido, como el Mentor que recomienda Kiyosaki, pero forma parte indudable de ésa estirpe de personas que él mismo convoca, aquellas que deciden tomar las riendas de su destino. Estos hombres son formidables Maestros, a pesar que no hubieran alcanzado sus metas o se encuentren, aun, incansables en el camino. Eventualmente, pueden ser más bien referentes de lo que no debe hacerse, testimonio de lo que se debe evitar, pero siempre parámetros que orientan la Acción, la proposición, la ambición, el sueño.

El hombre mediocre, aquél que vive en las “penumbras” que Roosevelt asigna a quienes no conocen la victoria o la derrota, es quién menos tiene que enseñar. Mentor no podrá ser nunca, y Maestro sólo de las causas que producen esta actitud  que debe evitarse con el mayor ahínco. El hombre mediocre no debe confundirse nunca con el hombre de acción que vive, eventualmente, el fracaso. El propio Kiyosaki reconoce una diferencia vital entre la “persona pobre” y el “hombre en quiebra”. La pobreza se lleva en el alma, en la mente. El hombre con mentalidad de pobreza raramente emprende, no sólo porque evita el riesgo y la incertidumbre, también porque eventualmente se encuentra satisfecho con lo que tiene, con aquello que el destino y la fortuna dispusieron dotarle. En cambio el hombre de Acción, aquel que “salta a la arena”, abraza la posibilidad del fracaso con la misma actitud que tiene reservada para la victoria.

El hombre que quiere distinguirse y aspira a ser grande y trascender en la Vida debe aprender temprano a reconocer que se encuentra rodeado de Maestros. No todos son, necesariamente, modelos a seguir, pero tienen con seguridad cosas inapreciables que enseñar. No todos son referentes del tipo de realización o éxito que se ha definido perseguir, pero pueden aportar mucho en quién tiene hambre de conocer. Y por sobretodo debe reconocer siempre al hombre de Acción, no necesariamente por la posición o la situación en la que coyunturalmente se encuentre, más bien por la actitud que orienta sus afanes. Esos hombres proporcionan las enseñanzas que coronan el aprendizaje.

Cuentan que Aristóteles Onasis en su juventud recogía colillas de cigarros en las calles para “reciclarlas” y poderlas vender luego como cigarrillos. Su estado, con seguridad, no invitaba a nadie que estuviera buscando un Mentor, ¡pero que pedazo de Maestro seguramente sería! Abraham Lincoln era un leñador. Nicolás Tesla murió sin ningún tipo de opulencia. Gandhi nunca tuvo riqueza económica. El más grande Maestro que la historia del hombre ha conocido era solo un carpintero. Hoy la historia reconoce su trascendencia, pero en muchos momentos de su vida pocos los hubieran buscado por guía o consejo. Entre ésos “pocos” posiblemente sólo aquellos que entienden que el Maestro está allá, donde aparece el alumno.

¿Mentor o Maestro? Yo diría que para la vida profesional el Mentor proporciona ventajas incomparables, y para la Vida en general nada mejor que ver siempre a todos como un Maestro.