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Hacer de la Victoria la Única Opción

El general americano Douglas MacArthur afirmaba con frecuencia: “no existe sustituto para la Victoria”. Y enfatizaba la afirmación precisamente cuando debía justificar sus decisiones más osadas y la asunción de grandes riesgos.

MacArthur pasó a la historia como un destacado militar a pesar que el final de su carrera se vio empañada por un ego sobredimensionado que lo condujo a la insubordinación.

Son evidentemente difíciles y penosas las decisiones que involucran la pérdida de vidas humanas, de ello se tratan las guerras y aquello que definen los generales. Pero la afirmación de MacArthur es completamente correcta: “no existe sustituto para la Victoria”.

Cuando esta lógica se aplica a quehaceres menos dramáticos de la vida, el poder que tiene lleva a la distinción y al progreso. La Victoria es única, incomparable, insustituible, y a ella deben conducir todos los esfuerzos de quién se propone alcanzar sus objetivos. En el mundo de la Estrategia (que es un ámbito común a todas las actividades que desarrolla el hombre), existe un Principio Estratégico que demanda “hacer de la Victoria la única opción”. La Estrategia no reconoce “medios triunfos o medias derrotas”, se mueve en la dicotomía de la Victoria o el Fracaso, para ello existe y en función de ello desarrolla su doctrina y sus principios.

La Victoria no es, sin embargo, solo un objetivo o el resumen de ciertos procesos, es principalmente un Estado Mental que condiciona las acciones de las personas. La Victoria es un móvil que echa raíz en los entramados mentales y desde allí define las actitudes. La Victoria toma forma en la mente antes de convertirse en una realidad concreta.

Las personas cometen muchas veces el error de considerar la Victoria como una de las opciones que existe en consecuencia de aquello que hacen, y cuando piensan de ésa manera debilitan el proceso, porque finalmente son los cuadros mentales que se sostienen los que definen la realidad que se construye.

Por otra parte, cuando en la mente queda fija la premisa de hacer de la Victoria la UNICA opción, el hombre alcanza todo el Potencial que tiene, a nivel personal y profesional. Brota en él la plenitud de carácter, la imaginación, la creatividad. Así se da cuenta del genuino tamaño que tiene, de la vasta capacidad que posee, así recurre al reservorio de “adrenalina mental” del que está dotado desde que llega a este mundo, pero que permanece sin uso porque pocas veces “funciona” al nivel del potencial que tiene.

Pocas personas viven al nivel de todo el Potencial que tienen. Esto solo se consigue cuando se define hacer de la Victoria la única opción.

Victor Frankl decía que si las personas tienen claro el Por Qué, el Cómo aparece de una u otra manera y cuando este Por Qué se traduce en “porque no existe otra opción”, las formas de conseguir la Victoria aparecen, emergen desde el lugar profundo donde muchas capacidades se mantienen inactivas.

El hombre alcanza las fronteras de su mayor potencial cuando se encuentra sometido a condiciones difíciles para vivir o alcanzar los objetivos que se ha propuesto. La relación es directa: en tanto más compleja la situación, mayor la capacidad que encuentra para responder.

En situaciones de “normalidad”, las personas tienen rendimientos menores, como si el Ser entendiera que ante esa realidad puede dosificar su desenvolvimiento. Por lo tanto, si las condiciones son las “habituales”, las personas se desenvuelven haciendo un uso limitado de su potencial.

Afirmar que mucha gente deja este mundo sin haber invertido en él todo su potencial es algo incuestionable. Pocas personas alcanzan plenitud en ése sentido. Esto no es lo mismo que hablar de felicidad o de éxito (cualquiera que fuese la interpretación que éste tome), se trata de haber rendido en este mundo al nivel de la “capacidad instalada” con la que se llegó a él, de haber entregado todo lo que se podía y haber sido productivo al más alto nivel, con uno mismo y con los demás. Detrás de esto se encuentra el progreso del hombre, a nivel individual y de especie.

Muchas personas buscan rendir al nivel de todo su potencial por una decisión propia y otros lo hacen porque los eventos en la vida los fuerzan a ello. En ambos casos la condición esencial está relacionada a la dificultad de las situaciones que se enfrentan. Ésa es la razón fundamental por la que se alcanzan los mayores y mejores niveles de rendimiento.

El progreso de la humanidad se explica por episodios en los que el hombre supera condiciones adversas. Sin dificultad no existe progreso, porque éste se produce cuando se vencen los obstáculos que presenta el camino. Todo lo que nos rodea es un testimonio de pruebas superadas: la casa que habitamos, el ascensor que nos traslada en un edificio, el automóvil, el equipo de aire acondicionado o el teléfono que portamos en la mano. Todas ellas son muestras de progreso y  representan la victoria del hombre sobre la dificultad, la materialización concreta de su potencial innovador y creativo.

No todos los hombres tienen el mismo potencial, eso es seguro, ni todos los potenciales humanos apuntan a lo mismo. Existen los hombres “extraordinarios” por razones de origen o modelos de vida: los genios, los dotados, los virtuosos, los “diferentes”; y existen aquellos de la moda estadística: las personas promedio. Los hay de los unos y los otros, pero más allá de ésa evidencia existe un hecho mayor: son MUY POCOS aquellos que, extraordinarios o no, alcanzan los límites del potencial que poseen para producir, para crear, para pensar, para vivir…

La mayoría de las personas eligen condiciones cómodas para desenvolverse en la vida, privilegian seguridad sobre libertad, lo previsible sobre lo que promete, buscan satisfacción inmediata, recompensa fácil. Si estas cosas están al alcance, el hombre las toma con naturalidad, como si en ello interviniera una lógica elemental: ¿Quién escoge el camino difícil si existe el fácil y se encuentra a disposición?

Por otra parte, si finalmente se ve obligado u opta por el camino difícil (en la suposición correcta que son estos caminos los que tienen mayor promesa), toma todas las precauciones que están a su alcance, habilita cursos opcionales de acción para enfrentar las contingencias y evitar una caída o un fracaso muy grande: previsiones, provisiones, seguros, etc. Activa el concepto tan mentado del “Plan B” y todo cuanto le es posible para tener una “Salida de Emergencia”. A tal punto lleva las precauciones que es mayor el enfoque que le dedica a la probable contingencia que al objetivo principal y no se da cuenta que con ello automáticamente reduce la posibilidad de poner en práctica todo su potencial.

No se trata, por supuesto, de encarar los asuntos sin precaución o sin tener planes alternativos cuando las cosas no se desenvuelven como se espera, el tema radica en que el Enfoque mental no esté dirigido a ello (a la dificultad o a la previsión), y más bien se encuentre concentrado en el objetivo que se quiere alcanzar, con todas las dificultades que ello involucra. Esto es tan sencillo como ponerse a pensar en el grado de concentración y desarrollo de habilidades que tiene el trapecista que decide trabajar en la pista sin una red de seguridad. Consciente del peligro y la decisión de no colocar la red (para beneficio del espectáculo), éste hombre debe desarrollar sus habilidades hasta el máximo de su potencial, por lo menos hasta un punto que se encuentra más allá del que alcanzaría sabiendo que POSEEE “algo” que lo salvará de una contingencia mayor.

Muchos dirán que esta lógica linda con la irresponsabilidad y la estupidez, pero con ser un ejemplo la historia del trapecista es completamente real en muchos espectáculos del mundo. Y tendría que ser una muestra ilustrativa de cómo se pueden alcanzar las fronteras del potencial que cada quien posee. Para la mayoría de las personas los episodios que se enfrentan en la vida no tienen la disyuntiva de vida o muerte, más bien se encuentran en el otro extremo, ése en el que se busca toda comodidad, poco riesgo y mucha previsión.

La mayoría de nosotros necesitamos ser un poco más como el trapecista y menos como “el resto de la gente”. Detrás de ése trapecista no solo hay aptitud y habilidad, hay mucha práctica, disciplina, sacrificio y  una actitud sustentada en el deseo de auto-superación y excelencia. El trapecista vive su vida profesional al límite del potencial que tiene como persona y por ello conduce su propio arte a fronteras desconocidas para el resto. Posiblemente sea uno de esos pocos que la naturaleza “elige”,  pero lo más probable es que sea tan solo un hombre que desea realizarse con amplitud y por ello lleva sus habilidades hasta el límite, optando para ello por el camino difícil y la convicción de hacer de la Victoria su única opción.

Precisamente en esto último se encuentra la explicación: es muy diferente plantearse la opción de la victoria que hacer de la victoria la única opción. Cuando la victoria es una opción se orientan esfuerzos y recursos para alcanzarla, pero cuando la victoria es la única opción, la “orientación” se transforma en ENFOQUE y Concentración.

De esto enseña mucho la historia del hombre, especialmente aquella que lo vincula a sus permanentes conflictos: ¿Cómo enfrentó la batalla aquel ejército al que se le dijo que se quemaban las naves y que el único retorno a casa pasaba por la derrota del enemigo?, ¿Cómo peleó el soldado que sabía que tras su derrota lo esperaba la muerte, o aquel que planteó batalla en las puertas de su casa defendiendo la integridad final de su familia? Situaciones límite, personas y grupos convocados a poner en práctica al  máximo nivel sus posibilidades.

Otro ejemplo es la historia de la misión espacial Apolo XIII, historia de hombres que se vieron obligados a hacer lo necesario para salvar una tripulación perdida en el Espacio: una bitácora de imaginación, creatividad, coraje y confianza en la capacidad propia y en los equipos de trabajo.

Lo dijo Frankl: cuando existe un Por Qué, surge el Cómo.

Y cuando el Por Qué es simplemente un “Porque no queda otra opción”, surgen las formas de resolver el asunto y alcanzar la Victoria.

Las personas que quieren alcanzar una meta diferente, un destino distinto, están obligadas a tomar el “camino difícil”, no aquel que toma todo el mundo. En la ruta “desconocida” y pedregosa se encuentran siempre las mejores y más abundantes recompensas, precisamente porque son rutas que no elige cualquiera. Estos caminos se toman sin consideración específica de las “rutas de escape” o las vías de contingencia, se abordan con una actitud firme y concentrada en la meta, en el destino. Las dificultades del camino solo refuerzan la energía y el deseo de alcanzar el objetivo, galvanizan el carácter y pulen la voluntad. La victoria está al frente, de  ninguna manera atrás, ni a derecha o izquierda, solo al frente, allá donde se encuentra anclada la otra punta del cable que pisa el trapecista en su recorrido por las alturas; no sirve para nada mirar abajo y tomar consciencia del peligro,  ello solo aumenta la posibilidad del fracaso, porque el vacío provoca temor y todos los hombres, incluidos aquellos que toman las sendas difíciles y miran el riesgo a los ojos, lo padecen, y al miedo es mejor no darle nunca una oportunidad, menos servirle mesa para que tome asiento. La mirada al frente, enfocada en el objetivo: el Plan B “no existe”; “no queda alternativa”; las naves han sido quemadas, la Victoria es la única opción.

¡En ésa situación emerge todo el potencial del hombre!, allí se ve la madera de la que está hecho, y allí, precisamente allí, éste hombre se distingue de los demás, se hace diferente, se hace mayor y más grande, no necesariamente por su valentía, su coraje o aquello que muchos llamarán osadía irresponsable, solamente porque llegó a su máxima estatura, aquella con la que vino “de fábrica” pero que no alcanzó mientras navegaba en aguas mansas.

El hombre es una especie diseñada para la Victoria, llegó dotado para gobernar la naturaleza, para someter la adversidad y alcanzar proezas que le están privadas a toda otra forma de vida que lo acompaña. El hombre está hecho para vencer desafíos, su esencia está patentada para habitar la cumbre y maximizar sus posibilidades. Todos formamos parte de ésa casta, de aquella que develó los misterios de la electricidad e hizo posible el viaje a otros mundos. No existen los hombres de “sangre azul” o de “mente privilegiada”, solo los hay de aquellos que consideran la Victoria una alternativa y los otros que entienden que para ella no hay sustituto, aquellos que buscan la comodidad de la sombra que otorga el árbol y los otros que se suben a la copa para tener mejor visión del horizonte que les pertenece.

No somos pequeños por naturaleza, elegimos serlo. Y éste es, con seguridad, el sentido profundo de nuestro pecado original.

Carlos Nava Condarco

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