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El costo de perseguir un sueño, una visión

La gente que entiende la vida como una oportunidad de cumplir un sueño no es buena o mala, tampoco mejor o peor que nadie, es simplemente gente extraordinaria.

Y no lo es solo por creer que la vida es más que un molde al que todos deben ajustarse. Lo es porque paga estoicamente el costo que representa ser “un soñador”.

Si bien éste es un mundo que han construido los soñadores de todos los tiempos, es uno poco benigno con los que sueñan.

Para el convencionalismo social, que tanto se precia de sí mismo, no tiene igual valor el hombre que etiqueta como “exitoso” y aquél que percibe como “soñador”. Así como el entendimiento profano asocia el éxito con el oro, así vincula al hombre que persigue un sueño con el ser indolente, iluso, divorciado de la realidad, irresponsable hasta cierto punto. En buena medida perdedor y fracasado.

Cambia sus juicios la Sociedad cuando algunas de estas personas alcanzan su sueño. Solo entonces las convierten en representación ideal de sus aspiraciones subconscientes, y las incorpora en el número selecto de quienes considera “exitosas”.

Así funciona el mundo.

Precisamente éste, que ha sido parido en cada detalle virtuoso por la gente que sueña.

Al margen de aquello que le corresponde a la naturaleza, todo lo que rodea al ser humano es producto del sueño que tuvo alguien. La energía eléctrica, el agua potable, el automóvil, los medicamentos que le dan pelea a la enfermedad, los alimentos en una nevera, etc. Todo esto tiene como génesis un sueño. Una remota posibilidad en la mente febril de quienes no se acogen a la calidez y comodidad que brindan los rebaños.

¡Y de cuántos sueños truncados tendría registro la historia sólo por efecto de la triste victoria de  convencionalismos sobre el hombre de visión!

Porque en definitiva no todos los sueños se alcanzan.

Y si bien esto no quita mérito al hecho mismo de “soñar”, sí evidencia con rigor el costo que deben pagar ésas personas que desafían el entendimiento popular.

Desde edad temprana se cuidan los padres de criar un hijo “demasiado soñador”. Uno que no tenga consciencia plena de los rigores y dificultades que deberá enfrentar en la impiadosa vida que lo espera.

La educación convencional se encarga de terminar la tarea iniciada en el hogar. ¡Y lo hace muy bien! Porque nada hay más eficiente para castrar los sueños que el sistema inventado por el hombre para “educar” a sus criaturas.

De ése molde emerge el soñador. Acompañado de un ejército de seres que se distinguen por su número y no por su cualidad.

Y en el momento que se encuentra “disponible” para las necesidades del Sistema, se lo alienta a ser un hombre “práctico”, a invertir talento y tiempo en aquello que demanda el mercado. O  ejercer su oficio de la misma forma que lo hicieron sus antepasados, amigos, vecinos, y todo el conjunto de gente “normal”.

Porque en definitiva aquello es lo “normal”, ¿o no?

Coinciden casi todos en describir la “forma apropiada” de encarar la vida más o menos así:

  • Aplicarse en el estudio.
  • Destacar en la academia.
  • Postular a un empleo. Aplicarse en ése empleo.
  • Destacar en el trabajo. Ascender en Organización.
  • Adquirir una vivienda.
  • Formar una familia
  • Proyectar igualmente la educación de la familia.
  • Aplicarse en la paternidad.
  • Destacarse en la paternidad.
  • Asegurar el futuro familiar.
  • Planificar la jubilación.
  • Descansar serenamente en el otoño y el invierno de la vida.

Hay algunos matices, puesto que en muchos casos la educación estará condicionada por el oficio “independiente” que desde siempre se practica en la familia o que bien reconoce la comunidad. Entonces no existirá un empleo convencional. Más bien el “convertirse en empleado de sí mismo”.

En una extraña forma de manifestar su interés, la Sociedad “recomienda” éste formato de vida para privilegiar la seguridad y evitar riesgos. Vivir con incertidumbres que superen certezas debe entenderse moralmente reprochable, ¿o no?

Por otra parte, la Sociedad convencional posee una medida implacable para determinar la forma de alcanzar esos objetivos: el trabajo.

Cuando el lente mundano asocia éxito a oro, igualmente asocia trabajo a esfuerzo físico e inversión de tiempo. Puesto que ¿quién podrá decir fácilmente que se encuentra “trabajando” si no está físicamente activo y “sacrificando tiempo” que pudiera dedicar a otra cosa?

Para la Sociedad convencional trabajo es igual a sacrificio, esfuerzo, “sudor”. Y por ello mismo reconoce que no tiene porqué ser grato, basta que se comprenda que es necesario para sobrevivir.

Este es un molde de vida muy difícil para el hombre que desea privilegiar el cumplimiento de un sueño, la materialización de una visión.

Es cierto que el mundo está cambiando (en mayor medida en ciertos lugares que en otros). Sin embargo aún resulta difícil procesar el deseo de un hijo que quiere ser músico antes que abogado (como lo fue su padre y el abuelo). O el plan de viajar cinco años por el mundo para aprender otras lenguas en lugar de aplicar al primer empleo.

Con resquemor se mira el interés de alguien por invertir los ahorros en un negocio en lugar de la primera vivienda. O la decisión de rechazar un ascenso para invertir tiempo en el estudio de un nuevo oficio.

No se diga lo incomprendidos que se sienten aquellos cuyos trabajos consisten en alcanzar inspiración para producir lo que les toca. Y hacerlo, además, en el marco de actividades contemplativas. No son escasos los juicios de pereza y disolución que caen en sus cabezas.

Constituye un desatino suponer que las personas que no se apegan al “molde” (porque visualizan, desean, sueñan), son perezosas o disolutas.

Eso es ignorancia pueril, desconocimiento de aspectos elementales, puesto que:

  • La excelencia es una consecuencia del amor que se tiene por aquello que se hace. Por lo tanto existe mayor calidad en el rendimiento cuando se trabaja en pos de aquello que se sueña.
  • La productividad se fundamenta en el contento de aquello que se hace.
  • La competitividad alcanza su mejor estado cuando aquello que se practica corresponde a deseos y talentos distinguidos.
  • La energía que conduce todas las actividades humanas se potencia con pensamientos y emociones positivas. Exactamente aquellas que emergen cuando se orienta la vida a conseguir un objetivo caro.
  • Pocas cosas son inaccesibles para la persona altamente motivada. Y nada motiva más que vivir por y para aquello que se anhela.

Todo es virtuoso en la persona que ata su vida a un sueño, y no necesariamente a personas o cosas. Y ello en ningún caso la disocia de la “realidad”.

No está demás recomendar al hombre que “tenga los pies sobre la tierra”. Pero nada obliga a que se tenga la cabeza a la altura de los pies.

La capacidad de soñar es privativa del ser humano. Y con ella lo ha dotado la naturaleza justamente para usarse.

No debe causar preocupación el hombre que no siempre se ajusta al entendimiento ortodoxo de lo que “debe hacerse” en la vida. Es más bien penoso verificar el costo que paga por ser coherente con aquello que visualiza.

Porque finalmente la Sociedad solo extenderá parabienes a quién alcance sus sueños. Y un gran número de los que sueñan nunca alcanzarán su meta.

Vivir por un sueño y finalmente alcanzarlo son dos cosas distintas. Pero la segunda nunca califica la primera. Porque lo verdaderamente importante se encuentra antes que éstas dos: precisamente en el hecho de VIVIR.

La vida es efímera, y la única posibilidad de trascenderla radica en el legado que se pueda dejar al partir.  Ése legado difícilmente se construye en el rebaño. Solo se alcanza teniendo una existencia con significado.

Una vida que tenga significado enriquece a todos. Provoca contento, genera alegría y construye felicidad.

Poco saben de esto quienes eligen las promesas del “sistema” para orientar su vida.

Se le atribuye a John Lennon un diálogo que tuvo con su maestro cuando era niño. Éste pidió a sus alumnos que escribieran en un papel lo que querían ser cuando fueran grandes. La mayoría respondió como cabría esperarse. Querían ser médicos, abogados, policías, bomberos o astronautas. John Lennon puso en la nota que cuando fuera grande quería ser feliz. El maestro revisó su respuesta y le dijo: Creo que no entendiste la pregunta… Y John respondió: profesor creo que usted no entiende la vida.

Finalmente si alguien sueña con ser bombero, médico, abogado o astronauta, y a ello dedica la vida, será feliz. Si por otra parte sueña con ser electricista, panadero, cantante o futbolista, y en ello compromete su existencia, también lo será.

El común denominador que tiene esto es algo bello y simple: UN SUEÑO.

Vaya para todos los soñadores que pueblan la tierra un voto de aliento que les ayude a mitigar la incomprensión. La soledad, frustración, cansancio y congoja que tantas veces acompaña el viaje.

Vayan los más grandes parabienes para aquellos que cumplen sus sueños. Y el reconocimiento mayor para los que finalmente no alcanzan la meta pero son pródigos en el compromiso.

Agradecimiento para todos ellos de parte de un mundo que es, en cada cosa buena que posee, un testimonio de aquello que gestaron en su imaginación.

Twitter: @NavaCondarco

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