La abundancia y el valor de las cosas que ofrece la vida

El valor de las cosas que ofrece la vida debe medirse en términos de la plenitud que caracteriza todo lo que ofrece la existencia. Acá no funciona la premisa económica del mayor valor a lo que es escaso. La vida es abundancia, y por eso es valiosa.

No es lo mismo establecer límites que limitarse. Y esto último hacen las personas en su entendimiento equivocado de lo que se le puede extraer a la existencia. Existen reglas para manejar la abundancia, por supuesto, pero no es una de ellas el concepto de que lo valioso es escaso. Todo es abundante en la vida, el Universo es abundacia, Dios es abundacia, todo valor, pensamiento o creencia superior que se profese es abundante.

(Conceptos extraídos del libro: “Si un perro fuera tu maestro… 12 lecciones de vida que deja un perro antes de partir“)

La idea equivocada de las posesiones

Ahora bien, es indispensable entender que las cosas de valor deben ser cuidadas, y que por otra parte lo valioso no es fácil de hallar, construir o tomar.

Las personas tienen más claro esto último que lo primero. En general están conscientes que las cosas de valor no son fáciles de obtener, pero tienen una actitud displicente para cuidar las cosas valiosas que poseen. Bien por un falso entendimiento de lo que significa poseer, por desconocimiento de su valor o por simple necedad.

El concepto que se tiene de las “posesiones” es incorrecto. Se las asocia a un derecho y se les endilgan un sentido de propiedad inalienable que pocas cosas tienen en la vida.

Las posesiones son producto del esfuerzo que se hace, pero no generan derechos, y en cualquier momento se las puede perder. La propia vida es algo prestado, luego todo lo que en ella se posee tiene la misma condición. No existe garantía que sostenga el derecho inalienable sobre posesiones en ésta tierra.

La oferta que hace la vida es sencilla: a las personas les está permitido tomar todo lo que se pone a disposición en cuanto quede claro que también todo les puede ser tomado. Entender esto conduce a la sabiduría.

No existen restricciones para lo que se le quiera extraer a la vida. No hay más límite que aquel que uno mismo se imponga. Que ello represente más o menos trabajo, esfuerzo y sacrificio es otra cosa.

La abundancia no establece límites y así define el valor de las cosas que ofrece la vida

La primera manifestación de pobreza aparece cuando el hombre presume que el destino establece límites para aquello que puede tomar. Las personas acotan voluntaria y diligentemente la parcela sobre la que quieren trabajar. Miran sobre la alambrada cómo otros toman más de lo que ellos tienen y activan sus pasiones: se resignan a vivir con lo que creen que les está permitido o envidian lo que otros hacen y consiguen.

Esta mentalidad de pobreza viene acompañada de la premisa del menor esfuerzo. Es seductora la visión de poseer lo que se quisiera, pero la percepción se ensombrece cuando el premio es función de esfuerzo y sacrificio.

Existen pocas cosas más cálidas y placenteras que la comodidad. Escasos lugares donde refugiarse con mayor gusto.

Y allí habitan buena parte de las personas. Desde ése lugar emiten juicio sobre los demás, especialmente sobre aquellos que sacrifican comodidad en el afán de extraerle más cosas a la vida. No es ésta la que hace distinciones con lo que tiene reservado para todos, son las personas las que establecen la medida del esfuerzo que quieren invertir.

Concluye siendo cierto que aquellas cosas que el hombre no tiene y desea poseer, se encuentran exactamente fuera de su zona de comodidad.

Esta “acotación” es también causa de su concepto equivocado de propiedad. Es tan escaso lo que deciden tomar que por lo mismo adquiere valor extraordinario. Y la sola posibilidad de perderlo se vuelve trascendental.

Es algo parecido a lo que pasaría con un niño invitado a un campo grande lleno de chocolates. Si el niño entiende que todo está disponible, quedará clara su actitud hacia las golosinas. Pero si él mismo coloca una valla alrededor de una pequeña porción del terreno, cada chocolate que esté a su alcance tomará otro valor.

Ahora bien, los “chocolates finos” están también disponibles, pero son más difíciles de hallar. Hay que invertir más esfuerzo en encontrarlos y la probabilidad se reduce sustancialmente a raíz del “acotamiento”.

En estos márgenes se define el criterio de valor de las cosas que ofrece la vida: en el entendimiento que todo está al acceso de quién quiera tomarlo y en el hecho que existen diferentes niveles de esfuerzo para conseguirlo.

Al ser las personas quienes discrecionalmente definen su esfuerzo, también establecen el valor final de las cosas. Mucho vale lo poco que consiguen cuando se colocan límites. Y más todavía lo que se encuentra fuera de su zona de comodidad y demanda esfuerzo adicional para conseguirse.

La vida da y la vida toma, esto define el valor de las cosas que ofrece

Por otra parte, como no existe límite en las cosas que la vida pone a disposición, ella se toma la libertad de sustraerlas ocasionalmente de las manos de los hombres.

Este es el precio que cobra por todo lo que ofrece, la forma en que completa el sentido de valor de las cosas.

El precio pudiera aceptarse entendiendo que la oferta es ilimitada, y que lo que se pierde puede siempre reponerse. Pero cuando ésta realidad está oscurecida por la visión miope del que acota sus posibilidades y mezquina esfuerzos, el precio que fija la vida concluye por quebrar los espíritus.

Y se lamentan las personas, como el niño que ya no encuentra chocolates en los diez metros cuadrados que dispuso trabajar.

Pero el dolor de la pérdida no los conduce a mirar ése mundo amplio de oportunidades, más bien a levantar vallas más altas para proteger el reducido espacio que decidieron ocupar. Este es el profundo significado de su pobreza. Tienen una mentalidad asociada a la escasez y no a la abundancia.

Y aunque pudiera suponerse que ésta mentalidad les ayudará a proteger lo que tienen (justamente porque es poco), pasa lo contrario. Porque la mentalidad orientada a lo escaso es siempre prisionera del temor y la duda, y en ésa condición también pierde la capacidad de cuidar lo poco que posee.

La felicidad escapa a las personas que tienen ésta mentalidad de escasez.

Pueden efectivamente poseer algo de lo más valioso que ofrece la vida: amor, paz, alegría. Pero el concepto de lo escaso los distrae, entre dudas y temores, de cuidar lo que tienen. Y terminan por perderlo.

Aquí se inscriben todos los que viven en función del amor que les otorga otro, de la paz que les proporciona algo, o la alegría que encuentran en ciertas cosas que les pasan o poseen. Cuando esto tambalea, los hace caer estrepitosamente. Mucho valor tiene lo que han perdido porque su vida está orientada por lo escaso.

La vida ofrece amor, paz y alegría en cantidades ilimitadas. Es la abundancia y no la escasez la que caracteriza su existencia. En cada rincón y momento que se vive, estas cosas se encuentran sin restricciones. Solo hace falta tomarlas, como el niño lo haría con  los chocolates.

A nadie le está permitido que convierta en un drama su vida por algo que haya perdido, pues todo está dispuesto por gracia, pero en abundancia.

Son las personas que no tienen esa mentalidad de pobreza las que concluyen perdiendo menos, porque finalmente se desenvuelven en la vida al ritmo de lo que es natural. Aman las cosas que tienen y las protegen, pero dependen de ellas solamente en función de la relación específica y relativa que sostienen. Específica por lo que significa su esencial valor y relativa en cuanto forma parte de una vasta riqueza de cosas que le extraen a la vida.

Al hombre le gusta decir “así es la vida” cuando quiere encontrar una explicación a lo que le ha sucedido. Pero así solo desliza un lamento y no reconoce que la vida es abundancia.

Si tuviera un concepto pletórico de su existencia, el lamento se transformaría en sana resignación, honesta nostalgia y, por último, franco agradecimiento.

Quien entiende la infinita cantidad de cosas que ha recibido de la vida, la inmensa riqueza de la que ha gozado y  lo que aún le queda por conquistar, enfrenta la pérdida con agradecimiento.

Cuando muere un ser querido o parte un amor, no interpreta el  hecho bajo el prisma del dolor, lo hace agradeciendo la bendición de haber disfrutado de ellos, de haberlos conocido y compartido viaje. No es que se ponga alegre por lo que ha perdido, se reconoce feliz por lo que ha tenido.

La abundancia y el valor de la cosas que ofrece la vida se justifican por su corta duración

Así es en realidad la vida. Otorga muchísimas cosas por gracia y otras tantas en función del esfuerzo que se haga por obtenerlas. Pero nada da con derecho de propiedad inalienable.

Existe un motivo natural para esto: el tiempo efímero de la vida de los hombres.

Finalmente ninguna propiedad puede salir de éste mundo con quien lo abandona, ninguna. Luego, ése sentido de propiedad hacia lo que eventualmente se tiene y aquello que se quiere, carece por completo de sentido. Dueño es uno solamente de su propia vida y estrictamente en tanto que ésta dura.

Lo que sí se deja en este mundo es todo lo que se ha hecho por los demás. La marca que los actos propios han dejado en las personas que quedan. Y ello es habitualmente más notable en quienes han vivido con mentalidad de abundancia. Sin ataduras hacia todo aquello que es perecedero. Estos son los que dejan huella. Los hombres libres.

¿Por qué el hombre es tan pequeño? ¿Qué le priva de la capacidad de ver el horizonte que lo rodea y el valor de las cosas que ofrece la vida? ¿Por qué se aferra a lo poco y desprecia lo mucho?

Criatura cómoda. Perezosa de obra, de pensamiento y de corazón. No se encuentra a la altura de la contienda a la que ha sido llamado.

Hay que recordarle a este perezoso que está hecho de la misma madera que los hombres más grandes que han existido. No hay en la especie los de sangre azul o los superdotados. Esto es en lo único que vale hacer apología de la uniformidad: todos los hombres tienen el mismo potencial, las mismas posibilidades.

Todos son dueños de su propia vida y tienen los recursos suficientes para gobernarse a sí mismos, para mirar en su interior y hallar la riqueza.

Porque finalmente si la abundancia del exterior es algo cierto, la riqueza se encuentra  en el interior, puesto que desde allí se determina la conquista o el sometimiento. Desde allí se comprende finalmente la existencia, o bien como un vasto terreno de conquista o como una reducida parcela de trabajo.

Todo radica en la forma de entender el valor de las cosas que ofrece la vida.

(Conceptos extraídos del libro: “Si un perro fuera tu maestro… 12 lecciones de vida que deja un perro antes de partir“)

Twitter: @NavaCondarco

Suscríbete a mi Boletín y recibe las próximas publicaciones en tu correo


 

Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *