“Piensa mal” y te equivocarás menos. El lente del Strategos

El par de comillas no está demás. Porque finalmente la afirmación no pretende hacer ninguna alusión de carácter moral. “Piensa mal” es solo una convocatoria de la Estrategia para interpretar las cosas que suceden con menos probabilidad de equivocarse y aplicando visión holística. Ése es el lente que usa el Strategos: la evaluación sistémica y profunda de la realidad, nunca el acercamiento superficial.

Bien decía Nicolás Maquivelo que la gente juzga por las apariencias. Porque ciertamente no es posible conocer más sin invertir recursos y tiempo. Las apariencias son una “pantalla de verdades” con las que se interactúa en la vida cotidiana. Si alguien quiere conocer algo más que lo “aparente”, debe hacer esfuerzos adicionales.

En este mundo de la “pantalla de verdades” (especialmente en la interacción social), no hay que olvidar algo elemental: las apariencias engañan. La realidad no puede entenderse si solo se la evalúa en superficie, hay que mirar más allá de lo “evidente” para hallar la verdad.

Ahora bien: piensa mal, ¿por qué?

La ingenuidad y la inocencia son dos de los elementos que menos ayudan al pensador estratégico.

No necesariamente por la forma en que ellos califiquen a las personas, más bien porque individuos ingenuos e inocentes no clasifican adecuadamente los intereses ajenos. No es cuestión de juzgar a nadie, solo tener la capacidad de comprender las motivaciones que animan a cada quién.

Todas las relaciones humanas están gobernadas por intereses y búsqueda de beneficios. Estos son los móviles que activan el relacionamiento social, tanto en escala reducida (entre pocos individuos) como en términos colectivos.

La ingenuidad y la inocencia impiden conocer y entender estos justificativos de las interacciones sociales. Quién “piensa bien” de todo lo que sucede, evalúa solo la superficie, quién “piensa mal” se acerca al conocimiento de móviles y relaciones causales.

En tanto “piensa mal”, el Strategos (o el pensador estratégico), se pregunta:

  • ¿Cuáles son los verdaderos intereses de esta persona?
  • ¿En qué sentido se beneficia de lo que está planteando o lo que está sucediendo?

Así aumenta su posibilidad de conocer las intenciones de los demás y plantear respuestas que salvaguarden sus intereses.

Cuando los planteamientos de otras personas no responden (en apariencia) a intereses o beneficios elementales, el pensador estratégico se muestra susceptible de inmediato. O bien se trata de un error, es producto de ingenuidad, o es preciso hacer una evaluación más profunda.

Las evaluaciones simplistas no son admisibles en el pensamiento estratégico. Lo obvio (el hecho que alguien se active por error, ingenuidad o estupidez), es una probabilidad que se registra, pero a la que no se otorga demasiado crédito. El entendido en Estrategia siempre “piensa mal” y evalúa con mayor profundidad.

Pocas veces las personas hacen o plantean algo que afecte sus intereses y en lo que no obtengan algún tipo de beneficio. Esta es “casi” una medida universal que evita malas interpretaciones. Ahora bien, ¿por qué “casi”? Porque efectivamente en las relaciones estratégicas de alto nivel, los “strategos” plantean situaciones de ése tipo de forma intencional. Exponen “falsos intereses” como una cortina de humo que oculta las verdaderas intenciones.

Quién efectúa una evaluación sistémica y profunda de las cosas, se equivoca menos. Y esto no es poco para cualquier tipo de relación que se tenga en la vida.

El entendimiento integral de las situaciones está más cerca de aquel que “piensa mal”. No por una premisa de carácter moral, simplemente porque hay más esmero en el análisis. Se evalúa el tronco del árbol sin distraerse con el follaje.

Si esto aplica en las relaciones personales, lo hace con mayor razón en interacciones laborales, profesionales, empresariales, organizacionales o políticas. Llegar al fondo de las intenciones en estos tipos de relacionamiento exige “pelar la cebolla” hasta llegar al núcleo. Es la única forma de evitar errores, malas interpretaciones y efectos negativos en los intereses propios.

Aunque algunos consideren que esta lógica de “sospechar” permanentemente de las intenciones de los demás no es sana, curiosamente conduce a la construcción de relaciones más genuinas y transparentes. Promueve la empatía y negociación. Evita fricción innecesaria y sentimientos de pérdida y frustración.

Son justamente las personas ingenuas las que más sufren con las respuestas que la vida les da en diferentes ámbitos de la interacción social. No hay virtud funcional en la ingenuidad, porque tampoco existe defecto en que cada quién exponga y actúe honestamente en función de sus intereses y beneficios.

Las situaciones de equilibrio se producen cuando existe reconocimiento y conciliación de intereses, no cuando unos se imponen a otros aprovechando diferentes grados de inocencia o ingenuidad.

¡Piensa mal!, amplía el horizonte y la profundidad del análisis. Evalúa las cosas más allá de la superficie. Ése es el mejor servicio que se puede hacer a los demás, porque es la forma idónea de evitar falsedad, engaño e hipocresía en las relaciones. La única vía de hacer valer los intereses propios en la misma medida que tienen las prerrogativas de otros.

La vida convoca luchadores o víctimas, no hay otra categoría. Y en esto existe especial alusión al legítimo derecho (y obligación moral), de hacer valer los intereses propios en la misma medida que los demás.

En esta lógica no hay ningún tipo de prepotencia, abuso o egoísmo. Es solo el afán de conservar en buen estado el lubricante que garantiza óptimas relaciones sociales.

La Estrategia es el sistema de gobierno que mejor le sirve al ser humano para su interacción con los conflictos. Y curiosamente, en el mejor entendimiento y aplicación de su dinámica, se encuentra el camino para evitarlos.

Por esto se podría afirmar que quién “piensa mal”, en definitiva limpia el lente que le permite observar “lo bueno”.

Twitter: @NavaCondarco

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