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¿Qué debo cambiar en mi vida y cómo debo hacerlo?

Se debe cambiar en la vida todo lo que no genera provecho, aquello que provoca problemas frecuentes, impide alcanzar equilibrio emocional y se interpone con la realización personal presente y futura. Es así de simple. Todo esto se debe cambiar de una u otra forma. Mientras más temprano, mejor.

El cambio es una respuesta a todo lo que no se encuentra bien, y como tal es una tarea que tiene dificultades proporcionales a lo que se quiere reparar.

Por otra parte, en tanto que el cambio es un proceso que transcurre de “adentro hacia afuera”, comienza tratando los hechos de lo grande a lo pequeño.

En una proporción u otra, las personas deben cambiar tres aspectos de su vida: 1) el concepto que tienen sobre ella, 2) las relaciones que sostienen con las personas y 3) ciertos hábitos y costumbres.

En estas tres áreas se encuentran todos los problemas que eventualmente se desean reparar. La vida, por supuesto, involucra muchas cosas, y no todas merecerán cambiarse; igualmente las relaciones con las personas o los hábitos y costumbres. Pero aquello que merezca cambio se encuentra siempre en estos grandes grupos.

Y el hecho de comprender que aquello que se quiere cambiar trasciende la propia vida (los conceptos que se tienen sobre ella), las relaciones sociales o costumbres que pueden tener origen en tradiciones generacionales, permite que el cambio conduzca a evolución.

Porque no todos los cambios conducen a evolución.

Muchos solo transforman un estado de manera transitoria, otros concluyen por empeorar las cosas y la mayoría solo tiene efectos cosméticos. Pero cuando se encaran los cambios entendiendo que se trata de conceptos de vida, relaciones con los demás o hábitos y costumbres, existe la posibilidad concreta de evolucionar.

1.- Cambio de conceptos  sobre la vida.

Es probable que el concepto de la vida, aquel que “siempre” orientó el camino, esté equivocado.

Si los resultados no son los que se esperan y esto no se ha modificado a pesar de los esfuerzos invertidos, es momento de revisar el propio concepto y eventualmente cambiarlo.

Este es el cambio más difícil, principalmente por su carácter integrador, dado que cualquier concepto sobre la vida involucra una forma de ver y entender todo.

En la mayoría de los casos la evaluación de los conceptos que se tienen de la vida emerge como producto de dificultades. Es algo en lo que muchas veces no se repara si no se han sufrido contrariedades. Por eso éste cambio es a veces fruto de pena y sufrimiento.

Llega un momento en que la pregunta más importante es: ¿está equivocada MI forma de entender éste aspecto de la vida?

No es fácil llegar hasta acá. El momento de tomar completa responsabilidad por lo que sucede. El punto en el que se asume, finalmente, que nadie más tiene cuentas por pagar en esta historia y que el error está en uno mismo, o “peor” aun: que el problema es uno.

Los conceptos sobre la vida emergen de dos vertientes: el conocimiento del mundo y las experiencias vividas.

Si los resultados en la vida no son los que se esperan y no conducen a un mínimo de bienestar, entonces el conocimiento del mundo es insuficiente o lo que se hace en él está mal. Y posiblemente ambas cosas necesiten cambiar.

El cambio del conocimiento del mundo es un proceso racional, de ilustración y aprendizaje. Para ello se precisa una mente amplia y dispuesta. Con ello es muchas veces suficiente. Porque el problema sobre un escaso o errado conocimiento de la vida no radica en la incapacidad de aprender, más bien en la pereza mental, que explica la mediocridad del promedio de los seres humanos.

¡Solo hace falta un sincero deseo por conocer más del mundo y de sus cosas para consolidar un concepto de vida más acertado! Aprender: leer más, escuchar con atención, remitirse a la sabiduría ajena, buscar respuestas con sinceridad, con hambre espiritual. Asumir desde siempre que poco se conoce, que el TODO está allá para aprenderse y aprehenderse.

En cierta forma la vida es como una materia que debe vencerse en la escuela: si los resultados no están bien, hay que estudiar de nuevo.

En la materia de la vida hay un solo y fundamental requisito para aprender: tener una mente abierta a todo y sin ataduras de ningún tipo. Quienes no tienen mente abierta nunca aprenderán más de lo poco que ya conocen, y quienes tienen una forma de pensar atada a dogmas, preceptos, principios, conceptos, carecen de flexibilidad. Y una mente inflexible no puede aprender ni cambiar.

Las experiencias de vida, por otra parte, deben constituir un activo influyente: evitando errores pasados o tratando de replicar buenos resultados. Las experiencias son la guía para los grandes cambios. Sus resultados demuestran si se transita, o no, el camino correcto.

A medida que el hombre tiene mayor conocimiento del mundo y experiencias sobre la vida, más fácil debiera resultar un cambio sobre conceptos que guían su existencia.

Esto contrasta con la idea que mientras mayores las personas,  menos proclives al cambio. En realidad existe diferencia entre la capacidad de encarar cambios y el temor a lo diferente y desconocido. Muchas veces es esto último lo que determina la aversión al cambio en personas de mayor edad, quienes por el factor etario se encuentran más cerca de “zonas de confort” elusivas a toda transformación.

De allí en más, el conocimiento sobre la vida y las experiencias que se tienen en ella, debieran ser guía suficiente para cambiar lo que fuese necesario.

2.- Las relaciones con otras personas.

El hombre es un animal social y las personas a su alrededor condicionan la manera en que transcurre su viaje por la vida.

Las relaciones con otras personas producen energía para el camino o la quitan. Si es el segundo caso, bien vale la pena evaluar un cambio en la naturaleza de esas relaciones.

Esta necesidad es un imperativo de beneficio propio y no tiene nada que ver con los intereses de los demás. Acá no importa determinar buenas razones, ¡el cambio propio es el que transforma las cosas alrededor!

Un sano egoísmo es necesario para enfrentar estas situaciones, porque pueden ser difíciles y dolorosas. Las relaciones que no funcionan bien con otras personas alteran la vida. Y muchas veces lo hacen por faltas claramente atribuibles a los demás.

En caso así, entender que uno es quien tiene que cambiar aun cuando en las otras personas sea evidente la falta, resulta difícil. Sin embargo, si prevalece el interés propio, el mejor camino para ésas relaciones comienza por un cambio personal respecto a ellas, sin esperar que el correctivo sea aplicado primero por los demás. Esto es lo que define un sano y necesario egoísmo.

Ahora bien, el cambio propio no implica validar ninguna conducta o posición ajena. Es más bien un intento de enmendar y corregir lo que uno no esté haciendo bien en la relación con otras personas.

Más allá del resumen, todas las partes tienen cuota de responsabilidad en relaciones que no funcionan. Y el cambio está destinado a honrar la cuota que le corresponde a uno. De allí para adelante, si la relación no prospera, ése punto terminal encuentra a la persona sin deuda.

Por otra parte, existen elevadas probabilidades que el cambio propio desencadene el proceso de cambios generales que beneficien la relación. ¡Hay mucho poder en ello! Un poder similar al que tiene una corriente de agua cuando ya no es contenida por un dique. Energía que produce más energía y transformación. Y para ello solo es preciso abrir una pequeña compuerta: el cambio propio. La transformación personal que no espera por nadie y se rinde tributo a sí misma.

El  budismo afirma que en toda persona con la que se interactúa se debe ver a un maestro. Toda relación, buena o mala, enseña algo. Ahora bien, como toda enseñanza es en esencia transformadora, toda relación debiera servir para cambiar algo que sea preciso. Éste es el premio, y no lo que en última instancia suceda con la relación.

3.- Los hábitos y costumbres.

¡Malos hábitos y malas costumbres! Esto forma parte de la problemática en la relación con otras personas y son a la vez, insumo y producto de conceptos que se tienen de la vida.

Solo con mucha fuerza de voluntad y método se pueden cambiar hábitos y costumbres. Fuerza de voluntad para iniciar el proceso sin ceder un palmo del terreno que se vaya conquistando y método para consolidar el cambio.

El método más fiable es el de los pasos pequeños y progresivos para alcanzar grandes objetivos. Lo pequeño siempre conquista lo grande si se consolida un proceso de acumulación de victorias.

Éxito se escribe con “e” minúscula. Y si existe la gran victoria, el triunfo final o el éxito grandioso, éste no es nada más que una suma delicada de éxitos con “e” minúscula. Logros pequeños, concretas victorias.

Recomendaciones para propiciar y sostener el esfuerzo de cambiar lo que corresponda en la vida.

1.- Mantener siempre, claro y firme, el concepto siguiente: “si quiero cambiar el rumbo de mi vida, debo cambiar yo”.

Nada cambiará alrededor en tanto no se produzca primero el cambio propio. Si se está consciente y se necesita que el cambio se produzca, éste es el aliciente que debe acompañar todo el proceso, por difícil y largo que fuese.

2.- Cada victoria sobre la dificultad en el proceso de cambio construye una nueva y mejor persona.

En el esfuerzo de sostener el proceso de transformación cada día se es mejor que el anterior.

3.- No retroceder nunca hacia un punto previamente alcanzado.

Este es terreno CONQUISTADO con mucho esfuerzo y no se puede ceder.

4.- Recordar siempre que pocos pueden hacer lo que se está haciendo, la mayoría de la gente es incapaz de cambiar.

Al sostener un proceso de transformación personal el hombre se incorpora a un grupo selecto de personas que han superado condiciones naturales de mediocridad, comodidad y han decido cambiar su vida.

5.- Éxito se escribe con “e” minúscula.

El cambio grande tiene que ser producto de pequeñas transformaciones, objetivos alcanzables día por día, jornada a jornada.

El cambio completo se alcanza subiendo una escalera formada por peldaños pequeños, uno a uno. No existen atajos y el ascensor no lleva a ninguna parte. Mientras más grande, difícil y desafiante el objetivo, más necesario fragmentarlo en pequeñas etapas y desafíos.

Si la transformación personal se asociara a la fábula de la tortuga y la liebre, esta última nunca podría salir victoriosa. Porque las fuerzas no le alcanzarían para toda la jornada. El cambio no es una cuestión de velocidad, es un asunto de método. El cambio no es una carrera de velocidad, es una extenuante maratón. Las fuerzas deben dosificarse.

6.- Ser disciplinado, tener respeto por uno mismo y por el esfuerzo.

No dar margen  a la debilidad. Cuando exista alguna circunstancia que lleve a perder terreno conquistado acordarse de todo el esfuerzo invertido en llegar hasta allí.

El mundo ha demostrado que nadie tiene pena por uno si básicamente uno no se tiene pena a sí mismo. No hay que olvidar que uno es quien está cambiando, no el mundo alrededor.

7.- Tener Paciencia.

Si esta maravillosa virtud ha sido esquiva, ahora es cuando se la debe rescatar, no hay mejor momento. ¡Paciencia! Capacidad para asimilar los disgustos y sinsabores que el proceso presenta.

El hombre que decide cambiar su vida comienza a tomar consciencia de la “fealdad” que siempre lo ha rodeado y la naturaleza de la mediocridad. Porque repentinamente las reconoce “desde la otra orilla”.

El camino de la transformación personal es en realidad un puente que  conduce de la mediocridad a la virtud. En medio del puente se ve y siente un turbión oscuro, rugiente, amenazador. Paciencia y paso firme. El viaje es muchas veces largo y difícil, pero concluye en la grandeza.

8.- ¡Cuidado con las personas más cercanas,  ellas son las que tienen mayor poder para interrumpir el proceso!

No es extraño que la dificultad más seria se presente de esta forma. Las personas más cercanas muchas veces forman parte también del “statu quo” que no cambia fácilmente.

Ellas serán, seguramente, las primeras beneficiarias del esfuerzo y la victoria propia. Pero en el proceso pueden representar el obstáculo principal. En este caso no queda más que recurrir a las reservas más preciosas de cariño y amor que se tenga por ellas.

9.- Y por último lo más lógico: el proceso de transformación personal  es un juego  de “ganar-ganar”. Porque de hecho algo diferente se alcanzará al hacer las cosas de manera distinta.

¿Qué se pierde? En realidad poco se arriesga, pero es muchísimo lo que se puede ganar.

Twitter: @NavaCondarco

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