Se necesitan emprendedores (ahora más que nunca)

¡Cambió el mundo! en poco más de 90 días, y ahora se necesitan emprendedores con urgencia para trabajar la nueva realidad. El cambio está aquí, ya no es aventurado decirlo. Hay todavía algunas incógnitas pero está claro que el virus que nos visitó este año transformó todo y condicionó el futuro.

Es curioso afirmar algo así, porque finalmente nadie conoce el futuro. Pero los efectos de la plaga hacen suponer que será uno distinto al que se pensaba. Un mundo nuevo. Uno que habrá que modelar con el concurso de todos, y en especial del emprendedor.

No son los políticos quienes definirán el nuevo orden, tampoco los hombres de negocios o los colectivos que carezcan de liderazgo transformador. El mundo que viene será modelado por emprendedores, de la misma forma que lo fué a lo largo de la historia, y especialmente en momentos difíciles.

Posiblemente, y para tranquilidad de todos, habrá que decir que en ése nuevo mundo tendrán cabida políticos, hombres de negocios y personas que tengan espíritu emprendedor. ¡Seguro! Porque finalmente emprender es un verbo y su ejercicio no está restringido a nadie.

Ahora bien, no es que en estas condiciones que deja la plaga sea indispensable inventar o descubrir cosas nuevas, ése no es el carácter esencial del cambio. La exigencia es, más bien, por Innovación.

La realidad que emerge demanda criterio innovador. Y éste no es solo invención, es en todo caso, inventiva funcional, creatividad puesta en práctica.

Los adelantos tecnológicos están sobre la mesa. La humanidad tiene conquistado mucho terreno en ello. Toca diseñar sistemas funcionales en los que todo lo que se tiene juegue a favor del nuevo orden de vida.

Esto es Innovación, y es el nombre del juego que debe practicarse después de la visita de la plaga.

Los científicos buscan entendimiento, los inventores soluciones. Los innovadores, por otra parte, tratan de encontrar aplicaciones universales de ésas soluciones. Y empeñan en ello todos sus recursos y creatividad.

Esos innovadores son emprendedores en acción.

No existe innovador que no emprenda, porque si fuese así no sería un innovador. Probablemente quedaría con el título de ensayista, inventor, investigador o científico, pero no innovador. Éste debe por fuerza ponerse en acción para pertenecer a la categoría.

Al emprender, los innovadores tienen que sostener sus acciones en el tiempo, contra toda dificultad. Precisan organizar sistemas que hagan las tareas eficientes y rentables. Necesitan carácter y lucidez para fortalecerse con el concurso de otros y dejar un aporte concreto a la colectividad.

Todo esto califica el emprendimiento: visión, acción, perseverancia, resiliencia, liderazgo y gestión. Innovar es emprender. Por eso se necesitan emprendedores.

A Robert Fulton (1765-1815), se le reconoce la introducción del barco con motor a vapor en la navegación de principios del siglo XIX. La historia de Estados Unidos y del mundo le debe mucho a este hombre, porque en esencia definió el carácter del comercio y la economía en la revolución industrial. Su aporte como innovador redujo distancias y costos. Acercó a las personas y planteó condiciones de evolución general.

Curiosamente, Robert Fulton no inventó el motor a vapor. En realidad era un pintor, un artista que luego de una vida accidentada concluyó desarrollando algunos conocimientos de ingeniería. El motor a vapor había sido inventado en Inglaterra tiempo antes. Fulton tampoco fue el primero en emprender con barcos propulsados a vapor en Norteamérica. Quién lo hizo algunos años antes fue John Fitch (1743-1798). Fitch construyó un motor a vapor, lo montó en una nave que el mismo hizo y viajó con éxito miles de millas en el rio Delawere.

Pero a la historia no pasaron con iguales pergaminos quienes inventaron el motor a vapor o John Fitch. Los primeros porque no trascendieron del invento y éste último porque no pudo construir un sistema funcional alrededor de su innovación. Falló en la búsqueda de fondos y la organización del apoyo necesario. No pudo hacer sostenible su proyecto y fracasó en el afán de universalizar la solución que había visualizado.

Fitch terminó sus días frustrado y atormentado. Se suicidó poco tiempo antes que Fulton (quién había sido testigo de sus viajes en el Delawere), hiciera realidad lo que él pretendía.

Fitch fue un innovador, y también un emprendedor. Pero no pudo hacer la tarea completa. Tenía mejores condiciones técnicas que Fulton y más coraje, (porque incluso disputó el rio con los guerreros de la tribu Delawere y salvó con poco su vida después de caer prisionero de ellos).

Sin embargo el galardón quedó para Robert Fulton. Porque existen al menos 4 premisas del quehacer de un emprendedor y él las cumplió todas: su mente reverenció las posibilidades, visualizó las oportunidades, aceptó las probabilidades y gestionó las contrariedades. Esto le permitió alcanzar la visión que muchos tuvieron antes que él.

Es cierto que la invención sin innovación termina siendo solo un pasatiempo, pero también es verdad que la originalidad no es el factor primordial de una innovación, la efectividad lo es.

El mundo que viene después de la plaga presentará muchas oportunidades, igual que las emergentes de transiciones históricas como la revolución industrial. Pero lograr que estas oportunidades sean de provecho demandará innovación práctica y gestión.

Y para ello se necesitan emprendedores.

Posiblemente no sea necesario “inventar la máquina de vapor”, (para seguir con la referencia de la historia), pero sí tendrán que organizarse necesidades y aspiraciones nuevas, porque:

  • Ya nadie será lo que fue antes. Quedó en evidencia que años de crecimiento de mercados y ambiciones han lastimado a la comunidad. Y la plaga ha mostrado, una vez más, que lo que realmente importa es la gente.
  • Se apreciarán mucho más las cosas pequeñas. Los componentes simples de la vida. Esos que permanecieron sometidos largo tiempo por la dinámica implacable que detuvo la plaga. El afán de “ocuparse en estar ocupado”, la tendencia de anclar la realización en el cumplimiento de objetivos en el futuro, la “zanahoria colgando delante de la nariz”. Ya no más. Las cosas pequeñas se convertirán en las grandes aspiraciones.
  • “El café sabrá mejor”, por decirlo de alguna forma y aprovechar la analogía. Ése mismo café (como tantas otras cosas), que se tomaba inconscientemente mientras el apuro gobernaba las acciones. Hoy adoptará otras connotaciones y establecerá nuevos contextos. Retomará ése sentido de vínculo con los demás, ésa sensación de vida compartida, de compañía recuperada, de dinámica tribal.

Estos cambios no serán intrascendentes. Todo lo contrario. Tendrán la profundidad que alcanzan los hechos revolucionarios. De ellos emergerán necesidades y expectativas diferentes, y por supuesto nuevos negocios.

La tarea no es sencilla. La determinación y las ganas no serán suficientes, como no lo fueron en su momento para John Fitch. Se precisa visión aguda, capacidad de organizar lo que existe para darle un nuevo uso. Alinear todo con las nuevas demandas y conseguir sostenimiento y rentabilidad.

Para esto se necesitan emprendedores.

A pesar de su poder, muchos gerentes, juntas directivas, líderes políticos, religiosos, comunitarios, organizaciones sindicales y otras asociaciones, no podrán ajustar las cosas sin Conciencia Emprendedora. Porque esto no será asunto de fuerza, más bien de ésas habilidades particulares que proporciona el espíritu emprendedor.

¡Se necesitan emprendedores!, ahora más que nunca, porque hay un mundo nuevo por hacer.

Es necesario, además, cuidarse de los amargados de siempre que ya abordan la coyuntura con el propósito de cambiar este “sistema explotador que ha llevado el mundo al borde de su destrucción”. Son esos mismos agoreros de toda la vida, los enemigos del emprendedor y de toda forma de riqueza. Nada nuevo. Sin embargo su prédica es peligrosa en estos momentos, porque apenas emerge la gente de un escenario de angustia y tribulación.

En momentos que muchas empresas y negocios del mundo tienden mesa para negociar con  gobiernos y Bancos la forma de recuperar la economía, estos portavoces de la pobreza ya advierten que el “costo” de la crisis debe ser cubierta por los dueños del capital. Esta es la oportunidad, dicen, de que desaparezcan de una vez y para siempre todos los millonarios del planeta.

Esta forma de ver las cosas no corresponde con la realidad, por supuesto, bien sea la presente, pasada o futura. La pobreza no se resuelve nunca eliminado la riqueza. Esa es una contradicción ontológica.

Estos críticos tampoco tienen, obviamente, una solución alternativa. Son parte de ése 95% de la gente que vive en función de lo que otros crean. No reconocerá nunca al “hombre en la arena”, y lo hará, más bien, responsable de todos sus males.

¡Se necesitan emprendedores!,  ahora más que nunca. Porque el terreno castigado que deja la plaga está disputado con ésa gente que hace apología de igualdad en la pobreza.

Ante ello el emprendedor no debe adoptar la queja de John Fitch que se extrañaba de “esa ceguera que tiene la humanidad cuando prefiere invertir dinero en globos y fuegos artificiales en vez de destinarlo a la creación de riqueza…”

Ése sentimiento no fue bueno, lo llevó a la amargura. Destruyó el sueño que tenía y privó al mundo de sus aportes. Robert Fulton en cambio, reconoció temprano que no tendría futuro en el arte y se reinventó. Tuvo la capacidad de confrontar sus limitaciones porque tenía la audaz certeza de que estaba destinado a la grandeza. Solo necesitaba encontrar la llave que abriría esa puerta. Y la halló en el transporte de navíos con máquinas a vapor.

Esta plaga del siglo XXI ha dejado muchas llaves regadas tras de sí. Con ellas se abrirán seguramente nuevas realidades. Por el momento todo parece un caos intimidante, pero es solo parte de una historia que siempre se repite: la del cambio y la evolución.

Una historia que bien conocen los emprendedores que se necesitan ahora.

Twitter: @NavaCondarco

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